sábado, 23 de marzo de 2013

EL PRIMERO LO GANARON ELLOS, EL SEGUNDO NO.


Ella cruzó mares y océanos hasta encontrarlo. Él esperó pacientemente su llegada. Ella le llenó la casa de flores de colores. Él le cocinaba chipas. Ella volvió a dormir plácidamente a su lado. Él la acurrucaba entre sus brazos. Ella recuperó la serenidad perdida. Él la salvó de un mundo que la hacía sentir pequeña. Ella dejó de tener miedo. Él dejó de tener frio. Ella le dejaba acariciar sus rizos de color azabache. Él le devolvió la sonrisa que le habían escondido. Ella le hacía fotos sin descanso. Él jamás le negó una sonrisa. Ella soñaba con cuidarlo cuando pasasen los años. Él fantaseaba con envejecer a su lado. Ella hubiera dado la vida por él. Él hubiera muerto por ella. Ella enfermó demasiado pronto. Él lo dejo todo para cuidarla.

Coincidí pocas veces con ellos, tampoco me hizo falta más para darme cuenta de que estaban hechos el uno para el otro. Nuestro encuentro fue breve pero jamás olvidaré sus miradas. Él la miraba con todo el amor el mundo. Ella lo miraba con amargura. La amargura de saber que en breve lo iba a dejar solo.

La muerte les había tendido un pulso, el primero lo ganaron ellos. El segundo no.

Ella se fue hace unos días. Él perdió lo que más quería y yo sólo puedo desearle que sus días pasen rápido. Que su vida sin ella sea lo menos tormentosa posible. Que dentro de un tiempo consiga recordarla sin sentir un nudo en la garganta. Y que el aroma de sus flores le hagan la vida un poquito más fácil.




domingo, 3 de febrero de 2013

GRACIAS POR VENIR


Cuando me enteré de que tenía cáncer construí una confortable cabaña y allí me fui a vivir. En los meses siguientes y con gran esmero fui pintando sus paredes con colores suaves y cálidos, paredes en las que colgué bonitos cuadros y posters de algunas de mis películas favoritas. Conseguí algunos muebles que estaban muy bien de precio y otros por los que tuve que pagar grandes sumas de dinero. La llené de fotos llenas de sonrisas y de velas de colores.  La decoré con sumo cuidado y dedicación. Durante esos meses intenté que mi cabaña estuviera siempre limpia y ordenada, que cada cosa estuviera en el lugar que le correspondía y que fuera de fácil acceso. Cuando notaba que me faltaba aire, abría un poquito las ventanas, lo justo para airear las estancias pero sin dejar que entraran fuertes vientos. Las habitaciones eran muy luminosas, aunque en alguna ocasión necesité bajar las persianas para que la luz no me cegara. En las noches de tormenta encendía la chimenea, me preparaba un reconfortante te verde, me ponía algún CD de mi música preferida y me sentaba a admirar como se iba consumiendo lentamente la leña que prendía. He pasado horas y horas admirando esa imagen, tiene un gran poder reparador sobre mí.

En mi cabaña me sentía a salvo de situaciones que me pudieran desestabilizar y  de aquellas emociones que no me sentía capaz de gestionar. En mi cabaña lo cotidiano era que la vida transcurriera sin grandes sobresaltos, que las agujas del reloj fueran comiéndose las horas y que los días dieran lugar a las noches y así repetidamente.

A veces cuando vivimos experiencias muy intensas corremos el riesgo de quedarnos atrapados en ellas. Yo no quiero eso para mí, ni para ti y mucho menos para ellas. Yo no quiero quedarme atrapada en esa cabaña que tan bien me ha cobijado durante estos meses pero en la cual ya no tiene sentido seguir viviendo.

Bebiendo limonada nació fruto de una gran necesidad. La necesidad de buscar refugio en una noche de tormenta. La necesidad de poder expresar todo aquello que mi boca no se atrevía a pronunciar. La necesidad de compartir con el resto del mundo una de las experiencias más intensas de mi vida. La necesidad de gritar mi enfado. La necesidad de volcar mi rabia. La necesidad de encontrar respuestas. La necesidad de asimilar todos los cambios que se estaban produciendo a mi alrededor.

Ahora, en estos meses en los que ha vuelto a salir el sol, lo que siento es una inmensa necesidad de tomar distancia. Necesidad de alejarme de todo esto. Necesidad de seguir adelante. Necesidad de empezar a andar hacia otra dirección. Necesidad de retomar mi vida sin cáncer. Necesidad de empezar a crear una nueva cotidianidad. Hoy ha llegado el día de dejar mi cabaña.

Y aunque no me manejo demasiado bien en esto de las despedidas no quería irme sin daros las gracias. Gracias, gracias y mil gracias a todos los que me habéis acompañado tan bien durante estos meses y habéis hecho posible que esta experiencia fuera mucho más llevadera, gracias de todo corazón.

Sin más, le doy paso a esa vedette que llevo dentro y me despido de todos y cada uno de vosotros con un sincero ¡Agradecida y emocionada solamente puedo decir gracias por venir!




viernes, 4 de enero de 2013

HOY HACE UN AÑO


Hoy hace un año que entré por la puerta de la consulta de mi ginecólogo. Hoy hace un año que me senté delante de él. Hoy hace un año que me miró intentando encontrar las palabras adecuadas. Hoy hace un año que se me paró el mundo. Hoy hace un año de aquel instante que me introdujo en un mundo que desconocía. Hoy hace un año que empecé a tener un intenso dolor de cabeza que duro tres días. Hoy hace un año que por unos segundos dejé de respirar. Hoy hace un año que inicié un camino que no tenía vuelta atrás. Hoy hace un año que “alguien” entró en mi casa, cogió mi vida, la metió en una caja y la subió a la cima de una montaña. Hoy hace un año que entré en un mundo de palabras sin significado. Hoy hace un año de momentos difíciles de describir. Hoy hace un año que viví una de las experiencias más amargas de mi vida. Hoy hace un año que en mi vida se hizo un punto y aparte.

Hoy hace un año que descubrí que tenía superpoderes. Hoy hace un año que empecé a hacerme más fuerte. Hoy hace un año que cambié mi escala de prioridades. Hoy hace un año que aprendí a quererme mejor. Hoy hace un año que empecé a beber limonada. Hoy hace un año que me levanté de esa silla. Hoy hace un año que salí de la consulta de mi ginecólogo y empecé a luchar.

Hoy hace un año y parece que hace siglos, imagino que es buena señal.





lunes, 31 de diciembre de 2012

NUESTRA VELETA NI SE INMUTÓ


Hay años que duran siglos. Años que pasan volando. Años intensos. Años mágicos. Años que pasan con más penas que glorias. Años que simplemente pasan.  Años que marcan un punto de inflexión en tu vida. Años que recuerdas sonriendo. Años que prefieres no recordar.

Hay años que siempre tendrán un lugar preferente en tu memoria. Años que es posible que no recuerdes jamás. Años que deberían haber sido la hostia  y no lo fueron tanto. Años de los que no esperabas gran cosa y cambiaron por completo tu historia. Años que simplemente nos ayudan a poner en orden cronológico nuestra vida y otros que nos la ponen patas arriba.

Y está el 2012, un año en el que como diría el gran Robe Iniesta “una racha de viento nos visitó pero nuestra veleta ni se inmutó”.

¡Feliz año nuevo!

lunes, 10 de diciembre de 2012

LA MIRADA DE MERI


Cuando hace unos meses me armé de valor y me puse en contacto con ella via e-mail para proponerle si quería aportar su mirada a mi blog, recuerdo que justo en el momento que le di a la tecla enviar contuve la respiración.

Cuando unos días más tarde recibí su respuesta me alegré de haberlo hecho. Ella me contestaba que le parecía buena idea, únicamente me pedía tiempo. Necesitaba tiempo para recuperar datos, ordenar recuerdos y hacer memoria de como habían sido aquellos maravillosos años que compartimos juntas. Evidentemente le di todo el tiempo del mundo. Si hacía más de veinte años que no sabíamos nada la una de la otra era lógico que hiciera falta un poco de tiempo para poder recomponer esos recuerdos.

Cuando hace unos días recibí su texto me emocioné. Me enternecí recordando momentos, lugares, olores y texturas que hacía demasiado tiempo que no recordaba. A medida que iba avanzando en la lectura de su relato me fui teletransportando treinta años atrás. En aquellos años en los que los crusanes curaban las penas y los únicos problemas a los que debíamos enfrentarnos eran aquellos de esos malditos trenes que salían a no sé que hora y a que velocidad y tenían que cruzarse en no sé que momento. Porque así debe ser la infancia de cualquier niño, una etapa llena de colores, sonrisas y de crusanes de chocolate.

Cuando pienso en esos años me doy cuenta de que en todos y cada uno de mis recuerdos  aparece ella. A su lado caminé muchos años y estoy plenamente convencida de que si al recordar mi infancia asoma una sonrisa en mis labios es por los momentos que compartimos juntas.

Os dejo con la mirada de Meri, una mirada que me ha recordado que para saber a donde voy nunca he de olvidar de donde vengo.

“Existe un pequeño y acogedor colegio en un familiar barrio de Barcelona. En la clase de párvulos las niñas visten bata de color rosa y llevan coletas con lacitos. Allí, en una de esas clases hace más de 30 años conocí a Yolanda.

Recuerdo a Yolanda como una niña despierta y sonriente que disfrutaba con todo lo que la rodeaba: leyendo por primera vez Mi mamá me mima, descubriendo que la suma de dos más dos son cuatro, manipulando pinturas y plastilinas, manchándose las manos con acularelas y pintando con plastidecors.

Los primeros años Yolanda y yo éramos simples compañeras, que compartíamos clase, risas y alguna que otra travesura. Fue unos años más tarde cuando una profesora decidió de forma totalmente aleatoria que Yolanda y yo compartiéramos pupitre en la última fila. Fue, ahí, resguardadas de su mirada, entre dictado y problema cuando pudimos dar rienda suelta al pico, congeniando de tal manera que así de un día para otro nos convertimos en intimisísimas amigas.

Yolanda y yo éramos muy buenas nenas: responsables, trabajadoras, tranquilas, educadas, obedientes casi siempre y un rato empollonas también. Todos los días hacíamos los deberes, estudiábamos la lección que tocaba y sacábamos unas notas excelentes. Un orgullo para cualquier padre. Posiblemente y visto desde la distancia, quizás éramos un pelín marisabidillas pero eso no nos impedía caer bien al resto de la clase, estábamos al día de todo lo que se cocía a nuestro alrededor y de todos y cada uno de los cotilleos, del mismo modo que estábamos metidas en todos los fregaos.

De aquellos años recuerdo como nos encantaba decorar el colegio por navidad, llenando las ventanas de vidrieras. Preparar el baile para el festival de final de curso. El patinaje sobre hielo de los viernes al mediodía. Las excursiones y evidentemente las fiestas de cumpleaños.

No recuerdo el motivo, pero un buen día nos entró el gusanillo del deporte y nos apuntamos a baloncesto. Éramos tantas las que sentimos la llamada al olimpo que hubo que formar dos equipos: el A y el B. Curiosamente y a pesar de haber formado los equipos de una forma totalmente arbitraria en el equipo A jugaban todas aquellas niñas a las que se les daba fenomenal ese deporte. En el equipo B estábamos el resto. Yolanda y yo formábamos parte del equipo B. Sin exagerar, os puedo asegurar que no ganamos ni un solo partido pero del mismo modo os puedo confirmar que no nos afectaba en absoluto. Aprendimos que no se puede brillar en todo y nos contentábamos disfrutando de la merienda, las charlas en el vestuario, las visitas a otros colegios y las idas y venidas en autocar.

Pasaron los años y dejamos de ser niñas para convertirnos en adolescentes, el repentino interés por los chicos y los granos eran buena prueba de ello.

E.G.B terminó, Yolanda y yo nos fuimos del colegio para cursar B.U.P en otro centro y llegados a este punto nuestros caminos se separaron. Yolanda fue a un instituto y yo fui a otro.Así, de golpe, fue una ruptura limpia, sin traumas, sin resquemor.

Me gusta pensar que todavía somos aquellas niñas sonrientes con coletas, ansiosas por aprender y disfrutar de la vida.

Me ha encantado recordar esos felices años en los que fuiste mi mejor amiga. Que afortunada fui entonces y cuánto me alegra comprobar que esa niña con coletas se ha convertido en una persona estupenda, fuerte, luchadora y ha conseguido formar una familia maravillosa. Gracias Yolanda”


Gracias a ti Meri, por acompañarme en este viaje, por formar parte de esta historia y sobretodo por recordarme lo bien que me quedaban las coletas.


domingo, 2 de diciembre de 2012

DE VUELTA A CASA


Es curioso pero justo en el momento en que se abren todas las luces, el púbico empieza a aplaudir y los focos dejan de deslumbrarme es cuando más perdida me siento.  Justo en este momento en el que debería estar saboreando las mieles del éxito es cuando más desorientada estoy. Y es que, sinceramente, pensaba que iba a ser más fácil.

Ahora que parece que todo ha terminado, que la meta cada vez está más cerca y que se supone que ya puedo volver a casa es cuando aparecen todos mis miedos. Miedo a no recuperar mi mirada. Miedo a no saber hacer lo que antes hacía. Miedo a no recordar la receta de mis famosas albóndigas con sepia. Miedo a sentirme pequeña. Miedo a haberme apartado demasiado del camino y sentirme perdida. Miedo a no reconocerme. Miedo a no reconocer a mi chico. Miedo a no aceptarme. Miedo a no poder. Miedo a no saber volver a sintonizarme. Miedo a no ser capaz de cerrar este capítulo. Miedo a no encontrar el camino de vuelta. Miedo a seguir. En definitiva, miedo a retomar el control de mi vida. Y es que durante estos meses ha sido muy fácil dejarse llevar.

Hasta ahora ha sido sencillo. Todos y cada uno de los pasos que he seguido  en estos meses estaban programados a conciencia. Si necesitaba saber en qué punto estaba, me dirigía a la cocina, me ponía delante del calendario que compramos a principios de año y buscaba en que mes estábamos.

Si era enero sabía que allí en rojo estaba marcado el día en que se me paró el mundo y el de la tumorectomía. En febrero anoté mi primera sesión de quimioterapia. En marzo, abril, mayo y junio apunté las once siguientes. El mes de julio era el que posiblemente nos podríamos ir de vacaciones, y así fue. En agosto estaba preparada para empezar mis sesiones de radioterapia que se alargarían hasta mediados de octubre. Finales de octubre analítica y principios de noviembre visita con el oncólogo y resultados. Y de pronto dejan de haber fechas marcadas. Fin, se acabó.

Y entonces, de un día para otro, cambia por completo el escenario. Todos esos médicos desaparecen, ya no hay pruebas programadas en el calendario de la cocina y se terminan esas constantes idas y venidas del hospital.

Y es entonces cuando empiezas a ser consciente de que estás entrando en la recta final, que la cima está muy cerca y que esta parte del trayecto la tienes que hacer sola. Al principio te asustas, te sientes desorientada. Pero vuelves a tomar aire, te detienes a reflexionar y te das cuenta de que debe ser así.

Estos últimos metros que te separan de la cima debes caminarlos en solitario, son tuyos. En estos últimos metros debes pensar en esas cajas que estás a punto de recuperar, en qué cosas ya no vas a necesitar y cuales estás deseando acariciar. También debes seleccionar aquellas cosas que has adquirido en este viaje y quieres mantener en tu vida a partir de ahora, del mismo modo debes empezar a despedirte de muchas otras que ya no vas a poder mantener, el día a día y la vuelta a la normalidad se las acabará llevando y es mejor así.

Y de pronto te das cuenta que se está acercando la hora de volver a casa y lentamente y en silencio empiezas a hacer las maletas mientras una sonrisa se dibuja en tu rostro. Sabes que ya estás preparada para recorrer esos escasos metros que te separan de la cima y los empiezas a andar. Y es justo en ese momento cuando empiezas a ser consciente que has dejado de tener miedo.


martes, 20 de noviembre de 2012

EL MUNDO SE VOLVIÓ A PARAR


El otro día se me volvió a parar el mundo. Fui a buscar a Lucia a la salida del cole como cada tarde, mientras merendaba me dijo que le dolía cerca de la oreja. Le miré, le toqué y noté un bulto.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral, las piernas me flaquearon mientras intentaba convencerme de que no sería nada. Llamé a mi chico para avisarle que nos íbamos a urgencias. Volé hasta el coche, la subí a su asiento y le puse el cinturón de seguridad. Yo me senté en el asiento del conductor y como en esos momentos no me podía ver, me permití el lujo de llorar en silencio, por supuesto. Lloraba mientras cantábamos la canción de la castañera que coge castañas de la montaña y las vende en la plaza de la ciudad. Yo cantaba mientras intentaba controlar mi respiración. Mi mente intentaba convencerme que sería una tontería mientras mi pie apretaba el acelerador.

Llegamos a urgencias, por suerte no había nadie esperando y nos atendieron al instante. Mientras desnudaba a Lucia en el box, me acordé de Lou. Pensé en ella y en su Sol. Pensé en Jose y en el pequeño Guzmán y también pensé en como la vida te puede cambiar en un segundo. Sin tener demasiada práctica también recé, no podía dejar ningún cabo suelto. Estando en el box intentaba con todas mis fuerzas desconectarme, pero era imposible. Mi cabeza iba a una velocidad de vértigo.

Vino el médico, me preguntó el motivo de la visita, le expliqué que le había notado un bulto cerca de la oreja y que me había asustado. Le expliqué que en este año yo había superado un cáncer de mama y que tenía el resorte de alarma demasiado sensible. Me tranquilizó que me dijera que era normal, me gusta que me digan que soy normal porque me ayuda a creérmelo.

Mientras el médico la reconocía me resultaba muy complicado controlar el ritmo de mi respiración. Cuando terminó el reconocimiento me dijo que estuviera tranquila que no era nada grave, que era una pequeña obstrucción de algún conducto por falta de salivación. Fue entonces cuando empecé a respirar con normalidad. 

Pautas a seguir: dalsy si le duele y comer montañas de chicle para ayudar a las glándulas salivales.  Evidentemente Lucia está encantada con este médico, dice que a partir de ahora quiere que la atienda siempre ese médico tan majo que le receta su jarabe preferido y comer chicles.

Yo lo pasé fatal, y aunque soy consciente que desde que le noté el bulto hasta saber que era una inflamación sin importancia pasó no más de cuarenta minutos. Os aseguro que fueron los minutos más angustiosos de mi vida.

Creo que nunca lo he comentado pero el día que me dieron mi diagnóstico de cáncer me acuerdo que pensé que era una putada pero que no era un drama. Un drama hubiera sido que eso le pasara a una de mis hijas, eso sí que hubiera sido un verdadero drama. Ese pensamiento me ha acompañado durante todos estos meses y me ha sido de gran utilidad.

Después del episodio que os acabo de relatar, he llegado a la conclusión que no puedo seguir así, necesito volver al mundo real, dónde el cáncer ya no existe, ya se ha ido y no volverá. El mundo en el que un bulto es una simple inflamación y en el que las ojeras únicamente son causadas por el cansancio típico de los viernes. No quiero que el cáncer se adueñe de mí, no puedo seguir dándole ese protagonismo que tanto le gusta. He de cerrar este capítulo, tengo de seguir.