Esta no es mi primera experiencia con el cáncer, hace
unos años me tocó vivirlo de un modo distinto, me tocó sentirlo como hija de.
Mi padre murió de cáncer, pero el suyo no era de mama,
creo que al final era de pulmón, y digo creo porque su cáncer fue bastante más
cabrón que el mío. Parece ser que cuando se lo diagnosticaron estaba bastante
extendido y después de muchas idas y venidas, de un sinfín de pruebas y de un
montón de días de incertidumbre decidieron que la cosa empezó por el pulmón,
aunque podrían haber elegido cualquier otro órgano porque creo recordar que se
los manosearon todos.
Con el cáncer de mi padre pasamos un verdadero calvario,
fueron un par de años marcados por largos
periodos de no saber por dónde empezar, por un montón de pruebas bastante
dolorosas, por un tratamiento que lo dejó prácticamente KO, de ingresos en el
hospital día sí y día también, de semanas enteras en los boxes de urgencias
esperando que alguna cama de planta quedara libre, de llamadas a altas horas de
la noche para informarme que ingresaban al papa, de salir corriendo del trabajo
en más de una ocasión. En definitiva, un par de años viviendo con el corazón en
un puño y dando saltos cada vez que sonaba el teléfono.
Mi padre eligió vivir su enfermedad desde la ignorancia,
escogió la opción de no saber. A día de hoy todavía tengo dudas de si mi padre
sabía que se estaba muriendo pero fingía no saberlo o si realmente no lo supo
jamás. Yo prefiero pensar que no se enteró de que lo suyo ya no tenía
tratamiento posible porque a veces vivir en la ignorancia nos permite ser un
poco más felices.
Recuerdo una anécdota que me sigue poniendo los pelos de
punta (es un decir, ya me entendéis): un día en casa de mis padres, mi hermana
le decía a mi padre que por qué no iba a alguna excursión con mi madre (sí, lo
he de reconocer, a mi madre le encantaba ir a esas excursiones que organizan
para jubilados donde los recogen escalonadamente, los llevan a algún pueblo de
la costa, los sueltan en un buffet libre, les dan una charla y los devuelven a
sus casas con un jamón debajo del brazo o con una garrafa de aceite. Mi padre
en cambio las detestaba, no iba jamás) y él contestó que quizás cuando pasara
el verano. Esta conversación ocurría en el mes de marzo, apenas unos días antes
los médicos nos habían comunicado que el tema pintaba mal, pero mal de verdad y
le daban más o menos un mes de vida. Mi padre murió en el mes de abril, este
abril hizo nueve años.
Cuando vives el cáncer des de la barrera, cuando el que
está en la plaza toreando es alguien a quien quieres te asaltan muchas dudas
sobre si estarás actuando correctamente, si estarás dándole lo que necesita.
Hoy, nueve años después y habiendo vivido la experiencia del cáncer en primera
persona, me doy cuenta de que en realidad es muy sencillo, las personas con
cáncer o sin cáncer lo que necesitamos a nuestro alrededor son personas que nos
hagan la vida más fácil, personas que nos cojan fuerte de la mano cuando las
cosas se ponen feas, personas que respeten nuestros momentos de silencio,
personas que de vez en cuando nos recuerden lo guapas que estamos, personas que
no nos hagan sentir que somos de otro planeta. Porque como dice mi oncólogo
cuando empiezo a bombardearlo con toda una retahíla de preguntas sobre lo que
puedo o no puedo hacer, él siempre me responde lo mismo, “Yolanda eres una
persona normal”. Yo continúo teniendo mis dudas.
Bueno, pues hoy cierro con Extremoduro porque yo también decidí aprender a hacerme la maleta para poder vivir, esa es mi opción.