Hoy os traigo una mirada de alguien que ha ocupado un
lugar fundamental en mi año 2012. Alguien que ha hecho que este recorrido haya
sido menos complicado. Alguien que me ha allanado el camino en la medida de lo
posible. Alguien que me ha acompañado en todos y cada unos de los tramos que he
conseguido dejar atrás. Alguien que ha dedicado gran parte de su año a
convertir mis días horribles en días menos complicados. Alguien que hace unos
meses se empezó a pintar las uñas de los pies. Alguien que me abría las
ventanas cuando el ambiente estaba demasiado cargado y me costaba respirar. Alguien
que siempre se ha mantenido lo suficientemente cerca para disfrutar de todos y
cada uno de mis progresos y lo suficientemente lejos para que yo no me sintiera
observada. Alguien que siempre ha tenido a punto su arco y sus flechas bien
afiladas por si era necesario utilizarlas. Alguien que vio como el día 4 de
enero de este año le diagnosticaban cáncer de mama a su hermana pequeña. Hoy
tengo el enorme placer de poder compartir con todos vosotros la mirada de
Hermi, mi hermana (la tata, vamos)
Cuando inauguré la sección “aportando miradas” quería que fuera un espacio donde mi gente se
pudiera expresar libremente, ofrecerles la posibilidad de gritar de la manera
que considerara más oportuna o del modo que se sintieran más cómodos. Des del
principio tenía claro que quería contar con la participación de mi hermana, me
apetecía que formara parte de bebiendo limonada. Ansiaba poder compartir con
todos vosotros su peculiar manera de mirar. Lo que no podía imaginar es que de
nuevo volviera a sorprenderme. Es curioso como a veces justo las personas que creemos
que conocemos mejor son las que más nos asombran y mi hermana lo volvió a
hacer.
Un día quedamos en vernos en casa de mi madre. Mi hermana
me estaba esperando con un enorme paquete envuelto con papel craft, cuando me
lo dio me dijo “Ten esto es para ti, es mi año 2012, te lo regalo” Cuando lo abrí flipé. Esta es la mirada de
Hermi, la mirada de mi hermana:
Mi hermana expresó como ha sido su año a través de un
collage hecho a partir de grabados monotipos. ¡No me digáis que no es original!
Me encantó la metáfora del collage,
porque realmente este año se puede caracterizar por ser un verdadero collage de
emociones. Un collage en el que han tenido cabida un montón de sensaciones que
se iban ensamblando las unas junto a las otras hasta formar un todo unificado.
Un collage de sentimientos, de experiencias, de momentos. Un collage a través
del cual mi hermana ha podido transmitir los diversos estados emocionales que
ha experimentado este año. Un collage que le ha permitido canalizar toda su
rabia, su tristeza, su impotencia, su alegría, su emoción, su ira, su furia. Un
collage que transmite fuerza, intensidad, porque no me negaréis que no está
siendo un año intenso éste, ¿no?
Que alguien te regale un
año de su vida es un gesto realmente hermoso, es uno de esos momentos en los
que volví a morderme el labio inferior, uno de esos momentos en los que soy
consciente de lo afortunada que soy, porque sinceramente tener cáncer es una
putada pero tener una hermana que se encarga de poner color a tus días grises
es formidable.
Una mañana despiertas con el cuerpo completamente
entumecido, abres los ojos y te das cuenta que tu confortable colchón de viscolástica
en el que te acunas cada noche ha desaparecido, que tu edredón de plumas con el
que te resguardas del frio ya no está y no hay ni rastro del despertador que
cada día te anuncia el principio de un nuevo día. Te incorporas medio somnolienta
y te das cuenta de que estás durmiendo en el suelo. Un suelo frio y húmedo en
un lugar que desconoces. Te incorporas y observas ante ti una enorme montaña. Una gigantesca montaña se
levanta a tus pies.
Estás completamente desorientada, no entiendes
absolutamente nada de lo que sucede a tu alrededor. Te sientes confusa y
aturdida. De pronto te das cuenta que alguien ha entrado en tu casa, ha cogido
“tu vida”, la ha metido en una enorme caja, la ha subido a lo alto de esa
montaña y te ha dejado durmiendo a sus pies. No tienes ni idea de cómo, ni
porqué, ni quién ha sido y de pronto
tienes miedo, mucho miedo y tienes una enorme necesidad de recuperar esa caja.
En esa caja está tu vida, los recuerdos de tu cálida infancia y de tu ajetreada
adolescencia, tu día a día y un futuro que poco a poco te vas construyendo y
del que cada vez estás más orgullosa. En esa caja estáis tú y tu chico, tus
princesas y tu familia. En esa caja están tus apuntes del postgrado que estás
estudiando, tus desayunos de los lunes con tus compañeras del trabajo, tus
sábados de chismorreos en la peluquería, tus noches sin pastillas para dormir.
En esa caja están tus famosas albóndigas con sepia que tanto te gusta cocinar, tus
cervecitas improvisadas de los viernes por la tarde, tus mañanas de domingo sin
planes, tus ganas de jugar y acariciar al Yosu. En esa caja también están tus
sujetadores nuevos de color berenjena (sí, el berenjena es un color), tus
mascarillas del pelo efecto alisador, tus fotos del último viaje a Londres, tus
tardes de palomitas disfrutando por enésima vez de Un lugar en el mundo. En esa
caja están tus desafortunados intentos por ser puntual, el disfraz de pingüina
que le hiciste a Lucietis en su primer carnaval, las noches imaginando como serías dentro de
unos años. En esa caja están tus fantasmas, tus inseguridades, tus tardes de
verano tomando el sol, tus chistes malos, en definitiva … en esa enorme caja
está “tu vida”.
Al principio no das crédito, tu cuerpo se paraliza, tus
músculos no reaccionan, el pánico se apodera de ti y eres incapaz de moverte. Estás
en estado de shock, buscas culpables, lloras, te desesperas por entender, por
comprender, por saber, por encontrarle un sentido a lo que ha sucedido y poder asimilar tu nuevo estado. Estás
congelada en el presente y esa sensación es terrible y amarga.
Cuando tu cuerpo empieza a responder decides que has de
ponerte manos a la obra, no te queda otra. Sin tener ni idea de montañismo, ni de
senderismo, ni de alpinismo, y aunque nunca te han interesado demasiado los
ismos, decides que es hora de dejarse de lamentaciones y empezar a caminar. Te
calzas, te vistes y te preparas para empezar a subir esa enorme montaña.
Empiezas a correr, a trepar, a saltar por matorrales porque quieres llegar a la
cima de la montaña lo antes posible, quieres recuperar esa caja ya mismo, estás
impaciente por volver a
abrazarla. A los pocos metros estás exhausta, tienes el cuerpo dolorido
y lleno de arañazos, las uñas destrozadas, el corazón te sale por la boca y la
cabeza te va a estallar. Entonces te detienes para poder coger aire por la
nariz y soltarlo por la boca, inspiras, expiras, inspiras, expiras, inspiras,
expiras… y poco a poco vas bajando de pulsaciones y tu cuerpo va recuperando su
ritmo habitual.
Al rato entiendes que llegar a la cima de esa montaña no es una
cuestión de velocidad sino de resistencia. Entiendes que para conseguir tu objetivo has de dosificar tus fuerzas, que debes hacerte amiga de esa montaña para que
te muestre sus caminos y algún posible atajo, que has de detenerte a contemplar
las vistas para conocer el tiempo que tendrás durante el recorrido, que has de
trazarte rutas que se adapten a tus condiciones físicas, que has de intentar
disfrutar de este trayecto y sobretodo que has de dejar de lamentarte de tu
suerte. Y así de ese modo empiezas a echar a andar.
Durante el trayecto te encuentras con caminos áridos, estrechos
senderos, barrancos demasiado empinados, precipicios realmente escabrosos y algún
que otro despeñadero. Durante el
trayecto vives momentos en los que crees que no vas a ser capaz de seguir, tramos
verdaderamente duros en los que estás a punto de tirar la toalla, parajes que te
acercan al mismísimo infierno, recorridos en los que caes exhausta al suelo pero
vuelves a levantarte y sigues caminando porque no concibes la posibilidad de
renunciar a esa enorme caja.
Pero un día que te das cuenta que durante el trayecto también
te vas encontrando tramos verdaderamente impresionantes, vistas muy hermosas y
paisajes que jamás hubieras soñado poder disfrutar. Durante el trayecto te
maravillas ante magníficas puestas de sol y disfrutas de los colores de los
atardeceres. Descubres nuevos matices y nuevas tonalidades e incluso hay
momentos en los que te olvidas de esa caja que ansiabas recuperar y simplemente
empiezas a disfrutar de esta travesía.
Y llega un día que intuyes que el final está cerca, que
ya quedan muy pocos metros para llegar a la cima, empiezas a vislumbrar tu
caja, esa caja que contiene la vida que tenías antes de empezar esta travesía y
entonces te detienes y te das cuenta de que tu cuerpo necesita descansar, de que
tu cabeza necesita reposar y poder poner orden a todas aquellas cosas que te
han ido sucediendo a lo largo de estos meses. Te das cuenta de que en este tiempo hay cosas en ti que han cambiado,
has incorporado nuevas maneras de mirar, has descubierto nuevas perspectivas,
te has conocido mejor, admites que ya no eres la misma Yolanda que hace unos meses
empezó a subir esa montaña.
Durante esta travesía has aprendido que hay cosas en esa
caja con las que estás deseando reencontrarte. Del mismo modo tienes la certeza
que hay alguna otra que ya no vas a necesitar jamás. Y justo ahora, a escasos
metros de tu ansiado objetivo, necesitas detenerte para poder tomar distancia y
descansar. Tu cuerpo está muy cascado y tu cabeza necesita poner orden. Y justo
ahora, a escasos metros, te das cuenta que lo único que quieres hacer es cerrar
los ojos y dormir.
Para la canción de hoy recupero a mis
infatigables Serrat y Sabina uniéndome a ellos y esperando con todas mis
fuerzas que se cumpla eso de "Al andar se hace camino y al volver la
vista atrás se ve la senda que NUNCA se ha de volver a pisar"
Ahora que vuelvo a subir las escaleras de cuatro en cuatro.
Ahora que me he vuelto a calzar mis cuñas. Ahora que empiezo a acostumbrarme a
mi nuevo corte de pelo a lo garçon. Ahora que me deleito cada mañana poniéndome
rímel en mis pestañas. Ahora que puedo cargar con las bolsas de la compra sin
tener que descansar cada diez metros. Ahora que el hormigueo de mis dedos ha
desaparecido por completo. Ahora que el
teléfono ha dejado de sonar insistentemente. Ahora que he dejado de ser popular
y vuelvo a disfrutar de mi tan ansiado anonimato. Ahora que me he dado cuenta
que he de pedir hora urgentemente para depilarme. Ahora que el metal ha dejado
de ser un sabor. Ahora que los dolores musculares son fruto de mis pinitos como
runner. Ahora que empiezo a intuir mi gesto y mi sonrisa. Ahora que mi parte
masculina ha abandonado mi cuerpo y vuelvo a ser capaz de hacer más de dos
cosas a la vez. Ahora que me encuentro cada mañana con mi mirada reflejada en
el espejo. Ahora que vuelvo a poder ir descalza sin miedo a que me bajen las
defensas. Ahora que todo el mundo ha dejado de decirme que tengo que comer. Ahora
que el cáncer no es el culpable de todo. Ahora que vuelvo a disfrutar del
sonido de apretar a fondo el acelerador. Ahora que cambio a quinta sin miedo a
quedarme tirada en la cuneta. Ahora que parece que en la próxima curva
visualizaré la línea de meta. Ahora que me dejo la garganta gritando junto a
Robe Iniesta su “Jesucristo García”
mientras me acompaña a mi sesión diaria de radioterapia. Ahora que el mes de
enero queda tan lejos, justo ahora es cuando soy capaz de intentar poner
palabras a lo que sucedió ese día.
El 4 de enero del 2012 tenía que haber sido un día más,
un día que nos acercaba a la esperadísima cabalgata de sus majestades los reyes
magos, un día que mi chico se había ido a trabajar después de haber disfrutado
de unas estupendas vacaciones familiares en nuestro pequeño paraíso, un día
para saborear junto a mis princesas en plena vorágine navideña, un día que habíamos planeado ir a
merendar chocolate deshecho con melindros, un día que me acercaba a mi pronta
incorporación laboral después de disfrutar de unos meses de permiso maternal,
un día que tenía que ir a recoger unas pruebas al hospital a las que no le
dimos la suficiente importancia ya que decidí enfrentarme a ese momento junto a
mis princesas.
El 4 de enero del
2012 entré, con Lucietis cogida de mi mano y con Pauletis en su carro, en la
consulta de mi ginecólogo. Nos saludamos con un apretón de manos y deseándonos
un feliz año. Me senté, Lucietis se sentó a mi lado, Pauletis se quejaba que
quería salir del carro la cogí en brazos y la senté en mis rodillas. El médico consultó
los resultados de las pruebas que me habían hecho unos días antes y me miró sin
poder articular palabra. Justo en ese momento supe que algo no estaba bien. Justo
en ese momento entendí el significado de la expresión “tierra trágame”.
La mañana del 4 de enero del 2012 no lloré, no grité mi
rabia, no insulté al mundo, tan sólo me levanté de la silla, cogí a Lucietis de
la mano, senté a Pauletis en su carro y acordamos que volvería a primera hora
del día siguiente acompañada de mi chico. Ese día no lloré. No delante de
ellas.
El 4 de enero del 2012 desperté teniendo un chico que me
cogía fuerte de la mano, unas princesas que me pintaban los días de colores,
una familia que me adoraba, un trabajo que me estaba esperando con los brazos
abiertos, unos amigos con los que compartía largas y amenas sobremesas.
Desperté teniendo una vida que me hacía feliz y me fui a dormir teniendo cáncer
de mama.
El día 4 de enero del 2012 fuimos a merendar chocolate
deshecho con melindros, mi chico me cogía fuerte de la mano, mis princesas reían
felices y justo en ese momento me sentí tremendamente afortunada de tenerlos
cerca.
Y hoy cierro con “Jesucristo García” gritando a pleno
pulmón “concreté la fecha de mi muerte con Satán. Le engañé y ahora no hay quien
me pare, ya los pies”. Os dejo con la banda sonora de mis días de radioterapia.
A veces tengo la sensación de que esto no me está
ocurriendo, que esto no está pasando. A veces parece que yo no formo parte de
esta obra como si lo que está sucediendo a mi alrededor no fuera conmigo. A
veces sueño que me están gastando una broma (un pelín pesada, eso sí) y que en
algún momento se abrirán las luces y una voz gritará “¡¡corten, esta es la
buena!!” y la sala se llenará de luz y de aplausos mientras el público vocifera
¡inocente, inocente!. A veces imagino
que estoy soñando y que en cualquier momento sonará el despertador y volverá a
ser 3 de enero, volverá a ser mi 37 cumpleaños y yo no tendré que ir a recoger
ninguna prueba al hospital porque jamás noté ningún bulto en mi teta. A veces tengo
la impresión que este capítulo de mi vida se me está haciendo demasiado largo.
A veces quiero ir más rápido que el tiempo. A veces echo de menos mi yo
anterior, un yo que en ningún momento se planteó vivir este revés. Un yo que se
bebía la vida a grandes sorbos. Un yo que no concebía la posibilidad que las
cosas fueran a cambiar. Un yo inconsciente que pensaba que tenía el control de
su vida. Un yo que empezaba a gustarse cada vez más. Un yo que era bastante feliz
con su vida.
A veces me entristece pensar que ese yo ya no existe. A
veces tengo curiosidad por saber cuál será mi nuevo yo. A veces tengo miedo de que
no me guste mi nuevo yo. A veces tengo ganas de volver a la vida que tenía
antes de saber que tenía cáncer. A veces tengo miedo de no recuperar esas
parcelas de mi yo anterior que tanto me gustaban. A veces me entristece
sentirme tan pequeña. A veces pienso que la vida me ha hecho una gran putada. A
veces creo que la vida me ha brindado una gran oportunidad. A veces opino que
tener cáncer es fruto de la casualidad, una cuestión de probabilidades, soy esa
una de cada nueve mujeres que tienen cáncer de mama. A veces tengo la sensación
que mi cáncer es la causa que necesitaba para dar un nuevo rumbo a mi vida.
A veces me fascina la posibilidad de volver a empezar, el
start over que dicen los ingleses. Volver a empezar es la oportunidad de
diseñarme de nuevo. Diseñar un nuevo yo, una versión mejorada de mí misma. Hay algo en los start over que me atrae
enormemente, los encuentro muy seductores. Desde mi punto de vista start over
es una ocasión para hacer una buena selección de las personas que quiero
mantener en mi vida, una oportunidad para elegir qué cosas quiero conservar, un
momento para detenerme a reflexionar cómo quiero seguir viviendo, un punto de
inflexión para poder hacer balance y tomar consciencia de qué me sobra y qué me
falta para ser más feliz, para potenciar aquello que me hace bien y eliminar por
completo lo que me hace mal.
Hasta la fecha en mi vida he tenido un par de start over y
a día de hoy no cambiaría ninguno de ellos, ¿por qué iba a cambiar éste?
Y vuelvo a confiar en mis burnings del alma porque a veces me sigo preguntando que hace una chica como yo en un lugar como este
Tengo un chico al que adoro, tengo dos princesas que me
tienen el corazón robado, tengo un perro que es un santo, tengo una madre que
es un ejemplo de fortaleza, tengo el DVD de mi película preferida, tengo libros
para dar y vender, tengo una furgoneta con la que descubro nuevos paisajes,
tengo buenas amigas (no tengo demasiadas sino las justas), tengo un montón de
proyectos por realizar, tengo cantidad de metas conseguidas, tengo que aumentar
mi autoestima, tengo millones de fotos de sonrisas, tengo muebles restaurados
por todos los rincones de mi casa, tengo un poco de mala leche (no tengo
demasiada sino la justa), tengo muchas ganas de aprender cosas nuevas, tengo
debilidad por el chocolate negro, tengo millones de recetas de pasteles, tengo
un montón de pañuelos apuntito de jubilarse, tengo la esperanza de que haya dos
sin tres, tengo la certeza que vamos por buen camino, tengo que practicar el no,
tengo velas de colores, tengo que mejorar mi comunicación emocional, tengo que
aprender a morderme la lengua más a menudo, tengo una hada madrina que me coge
fuerte y me fríe almendras, tengo un montón de tupers esperando ser devueltos a
sus dueños. También tengo dos hermanos de los que hoy voy a hablaros.
Hoy me apetece hablar de mis hermanos. Tengo una hermana
y un hermano. Cuando yo nací mi hermana estaba a punto de cumplir 14 años y mi
hermano tenía 12. No hace falta que os detalle que al parecer mi madre necesitó
unas cuantas semanas para asimilar que a sus 42 años y con un par de hijos adolescentes
iba a volver a experimentar las delicias de la maternidad. Vamos, que mi
llegada al mundo no podemos decir que fuera algo planeado, más bien podemos
afirmar que fui algo inesperado, un pequeño imprevisto. No me avergüenza
reconocer que no fui una hija buscada porque eso no quiere decir que no haya
sido una hija muy querida, una nieta muy mimada y una hermana muy consentida.
En casa de mi madre, a pesar de haber cumplido mis
flamantes 37 años, yo soy la nena, y mis hermanos son la tata y el tete. No sé
si seré capaz de describiros la cara que puso mi chico la primera vez que me
oyó despedirme de mi madre después de una larga conversación telefónica. “Mama,
que tal?(hablamos un rato y antes de colgar) ¿y qué sabes de la tata? (me lo
explica) ¿has hablado con el tete? (me lo cuenta) vale, te llamo mañana".
Yo creo que mi chico no daba crédito, los adjetivos que más se aproximan a su
estado serían ojiplático, patidifuso, sorprendido y flipado.
Los terapeutas sistémicos afirman que los hermanos que
nacen con una diferencia de edad de más de 6 años se consideran hijos únicos
porque no comparten experiencias vitales con sus hermanos. Es posible que
tengan razón. Mi infancia y la de mis hermanos no tienen nada que ver, eso es
evidente. Mis hermanos vivieron la emigración de mis padres a Suiza (Un franco,
14 pesetas, película que me acerca a esa
experiencia), disfrutaron de mis abuelos maternos durante muchos años y
vivieron una realidad muy distinta a la mía.
Nunca me he caracterizado por gozar de una gran memoria y
tras el tratamiento de quimioterapia ya ni te cuento, pero estos días he estado
repasando algunos de los recuerdos que tengo de mis hermanos y algunas de las
percepciones que tengo sobre ellos. Este es el resultado:
Mi hermana estaba loquita por Bertin Osborne, creo que
incluso llegó a ir a algún concierto (eran otros tiempos). Mi hermano tenía
mogollón de canicas. La mejor amiga de mi hermana se llamaba MariClaire (bueno
aun se llama) tenía el pelo rizado y la nariz puntiaguda, cuando mi hermana la
invitaba a nuestra casa yo le hacía la vida imposible (las nenas durante
nuestra infancia acostumbramos a ser un poco repelentillas, no vamos a negarlo).
El mejor amigo de mi hermano era el Moliner, era alto y delgado. Mi hermano me
subía las escaleras de casa subida en su hombro mientras gritaba “tengo un saco
de patatas”. Con mi hermana jugaba a inventarnos canciones, cada una cantaba
una estrofa inventada y aunque yo me lo curraba mogollón a ella siempre le
salía una estrofa mejor que la mía. Mi hermano a sus 17 años me bajaba al parque
para darme el yogur. Mi hermana cuando me llevaba al cole para que me diera prisa me decía que su jefe
la esperaba con un látigo en la puerta por si llegaba tarde (yo todavía no he
utilizado esta estrategia con mis princesas pero no lo descarto). Mi hermano
hizo la mili en Cartagena y un fin de semana de permiso me vino a buscar al
cole vestido con el traje verde. Según fuentes fidedignas mi hermana era muy
buena estudiante. Mi hermano sólo aprobaba gimnasia y religión (eran otros
tiempos). Mi hermana dormía en la litera de arriba, yo en la de abajo y la
despertaba varias veces durante la noche para pedirle un vaso de agua o un vaso
de leche. Mi hermano se quedó blanco el día que me dieron un golpe en el
columpio y me salió sangre. Parece ser que cuando me llevó a casa tuvieron que atenderlo
primero a él porque estaba en estado de shock. Mi hermana nació en Barcelona. Mi hermano nació en Suiza. A mi hermana le
pirra el cava. Mi hermano disfruta saboreando un buen vino. Mi hermana no se
pinta las uñas de los pies. Mi hermano colecciona las películas de Walt Disney.
Mi hermana tiene los ojos marrones. Mi hermano tiene los ojos verdes. A mi
hermana le encantan los pies de cerdo. Mi hermano se vuelve majareta con el
arroz con garbanzos de mi madre. Mi hermana tiene un lunar con forma de bellota
en la parte trasera del muslo (espero que no sea fruto de un antojo de mi
madre). Mi hermano me regaló el perfume de Chanel número 5 cuando cumplí 18
años. Mi hermana parece sensata. Mi hermano se sigue poniendo nervioso la
víspera de Reyes Magos esperando su ansiado fuerte de Comansi. Parece ser que
mi hermana es más Ferrer que Polo. Mi hermano es claramente más Polo que
Ferrer.
Mi hermana es imprescindible en mi vida. Mi hermano es
vital para mí y aunque los sistémicos pueden tener parte de razón yo me niego a
sentirme hija única.
Tengo la certeza que mi hermana siempre dormirá en la
litera de arriba por si necesito un vaso de leche templada en mitad de la noche. Tengo la seguridad que, si se lo pido, mi hermano me subiría las escaleras encima de su
hombro mientras grita “tengo un saco de patatas”
Aquí os presento a la tata y el tete:
Y cerramos con Bertín dando las buenas noches (definitivamente eran otros tiempos):
Para mí el
físico es importante, llamadme superficial, pero es así. Me gusta cuidar mi
imagen, controlar mi peso y hasta hace poco no pasaba un mes sin hacerme las
mechas. No me malinterpretéis tampoco es que esté obsesionada con el tema pero
he de reconocer que en mi vida he dejado de comerme unos cuantos cruasanes de
chocolate sólo de pensar en las calorías que me aportarían, me he acostumbrado
a pedir ensaladas en lugar de pizza, invierto parte de mi presupuesto en cremas,
he estado apuntada en diversos gimnasios, hasta he llegado a practicar deporte
con cierta regularidad y me pirra incorporar nuevas adquisiciones a mi
vestuario.
Cuidar mi
imagen me aporta seguridad, cuando lo que veo en el espejo me gusta mi paso es
más firme, estoy de mejor humor y me hace sentir bien.
Cuando te
enfrentas a un diagnóstico de cáncer tienes que asumir que va acompañado de un
importante deterioro físico. La pérdida del cabello y la hinchazón que acompaña
a la cortisona provocan un cambio de imagen notable y evidentemente a peor.
Preocuparse
por la pérdida del cabello o por ganar volumen puede parecer una banalidad
cuando estamos hablando de una enfermedad que puede llegar a ser mortal, pero
es que sinceramente yo nunca he pensado que fuera a morirme. Yo lo que pensé cuando
supe que tenía cáncer fue que vaya putada tener que hacer pasar por ese trago a
los míos, qué rabia tener que aparcar mi vida durante unos meses, qué fuerte
que me esté pasando esto a mí, qué faena tener que quedarme calva... Pero jamás
se me pasó por la cabeza que podía morirme. También es verdad que el resultado
de todas las pruebas que me he ido haciendo así lo indican y sinceramente eso
ayuda bastante.
Hasta donde
me alcanza la memoria he estado unida a mi larga y rubia melena, está en todas
las fotos que he dejado de mirar y era un símbolo de identidad del que me
sentía profundamente orgullosa. Mi melena forma parte de todos mis recuerdos, hemos
convivido juntas muchísimos años, yo la cuidaba con cariño y ella me aportaba
seguridad. Me gustaba el resultado de vernos a las dos juntas. Nos lo pasábamos
genial, en verano me encantaba hacerme moños, rizármelo para ir de boda,
planchármelo para los bautizos. La verdad es que daba mucho de sí.
Separarme de
mi melena fue una pérdida importante que asumí con resignación y como cualquier
separación me llevó un tiempo digerirla. ¿Acepto mi nueva imagen?, pues la
verdad aún estoy en ello, porque una cosa es asumir y otra diferente es
aceptar. Yo asumí la pérdida porque era una obviedad, estaba calva, pero
aceptarla, yo no sé si la he aceptado, en cambio sí que puedo afirmar que yo
jamás me hubiera cortado mi melena. ¿Qué entendemos por aceptar? Si aceptar es asumir
la realidad como tal y poder seguir adelante con una sonrisa, pues aceptamos
pulpo como animal de compañía.
Y en medio de
todo este proceso de aceptación un día me di cuenta de que estaba aprendiendo a
verme de otro modo. A medida de que mi imagen física se iba deteriorando yo fui
aprendiendo a mirarme de una manera diferente. Cuando dejé de mirarme por fuera
empecé a observarme por dentro y descubrí un montón de cosas que anteriormente
había pasado por alto. Ahora me conozco mejor a mí misma, sé cuáles son mis
fortalezas y cuales mis debilidades, identifico qué partes de mí son mejorables
del mismo modo que sé reconocer dónde está mi potencial. Ahora sé lo que me
gusta y lo que me desagrada, hacia dónde quiero ir y a dónde no quiero llegar
jamás. Ahora ya sé lo que quiero ser de mayor.
En estos
meses he incorporado nuevas maneras de mirarme: en las manos de mi chico, en las
carcajadas de Lucietis, en la sonrisa de Pauletis, en el abrazo de mis colegas
y una de mis preferidas, en la mirada de orgullo de mi madre. Lo mejor de todo
es que esta nueva manera de gustarme la he instalado en mí y difícilmente me
voy a desprender de ella. Me va a acompañar por siempre jamás.
Y si todo este festival ha
servido para quererme mejor pues sinceramente ha valido la pena, porque como
dice mi chico cuando de vez en cuando me impaciento por dejar de ser estar
calva o porque mi pelo tarda en crecer, aparece él como hace siempre y me
tiende una mano soltándome otra de sus frases lapidarias “pues a ti te volverá
a salir pero a mí ya no” y claro ante tal evidencia no puedo menos que
reconocer que como casi siempre, tiene razón.
Y hoy me he acordado de mis queridos Burning y de sus recuerdos del pelo largo, aquí os dejo un ratito con Pepe Risi, otro de mis referentes
Esta no es mi primera experiencia con el cáncer, hace
unos años me tocó vivirlo de un modo distinto, me tocó sentirlo como hija de.
Mi padre murió de cáncer, pero el suyo no era de mama,
creo que al final era de pulmón, y digo creo porque su cáncer fue bastante más
cabrón que el mío. Parece ser que cuando se lo diagnosticaron estaba bastante
extendido y después de muchas idas y venidas, de un sinfín de pruebas y de un
montón de días de incertidumbre decidieron que la cosa empezó por el pulmón,
aunque podrían haber elegido cualquier otro órgano porque creo recordar que se
los manosearon todos.
Con el cáncer de mi padre pasamos un verdadero calvario,
fueron un par de años marcados por largos
periodos de no saber por dónde empezar, por un montón de pruebas bastante
dolorosas, por un tratamiento que lo dejó prácticamente KO, de ingresos en el
hospital día sí y día también, de semanas enteras en los boxes de urgencias
esperando que alguna cama de planta quedara libre, de llamadas a altas horas de
la noche para informarme que ingresaban al papa, de salir corriendo del trabajo
en más de una ocasión. En definitiva, un par de años viviendo con el corazón en
un puño y dando saltos cada vez que sonaba el teléfono.
Mi padre eligió vivir su enfermedad desde la ignorancia,
escogió la opción de no saber. A día de hoy todavía tengo dudas de si mi padre
sabía que se estaba muriendo pero fingía no saberlo o si realmente no lo supo
jamás. Yo prefiero pensar que no se enteró de que lo suyo ya no tenía
tratamiento posible porque a veces vivir en la ignorancia nos permite ser un
poco más felices.
Recuerdo una anécdota que me sigue poniendo los pelos de
punta (es un decir, ya me entendéis): un día en casa de mis padres, mi hermana
le decía a mi padre que por qué no iba a alguna excursión con mi madre (sí, lo
he de reconocer, a mi madre le encantaba ir a esas excursiones que organizan
para jubilados donde los recogen escalonadamente, los llevan a algún pueblo de
la costa, los sueltan en un buffet libre, les dan una charla y los devuelven a
sus casas con un jamón debajo del brazo o con una garrafa de aceite. Mi padre
en cambio las detestaba, no iba jamás) y él contestó que quizás cuando pasara
el verano. Esta conversación ocurría en el mes de marzo, apenas unos días antes
los médicos nos habían comunicado que el tema pintaba mal, pero mal de verdad y
le daban más o menos un mes de vida. Mi padre murió en el mes de abril, este
abril hizo nueve años.
Cuando vives el cáncer des de la barrera, cuando el que
está en la plaza toreando es alguien a quien quieres te asaltan muchas dudas
sobre si estarás actuando correctamente, si estarás dándole lo que necesita.
Hoy, nueve años después y habiendo vivido la experiencia del cáncer en primera
persona, me doy cuenta de que en realidad es muy sencillo, las personas con
cáncer o sin cáncer lo que necesitamos a nuestro alrededor son personas que nos
hagan la vida más fácil, personas que nos cojan fuerte de la mano cuando las
cosas se ponen feas, personas que respeten nuestros momentos de silencio,
personas que de vez en cuando nos recuerden lo guapas que estamos, personas que
no nos hagan sentir que somos de otro planeta. Porque como dice mi oncólogo
cuando empiezo a bombardearlo con toda una retahíla de preguntas sobre lo que
puedo o no puedo hacer, él siempre me responde lo mismo, “Yolanda eres una
persona normal”. Yo continúo teniendo mis dudas.
Bueno, pues hoy cierro con Extremoduro porque yo también decidí aprender a hacerme la maleta para poder vivir, esa es mi opción.