viernes, 28 de septiembre de 2012

UNA MIRADA MUY PECULIAR


Hoy os traigo una mirada de alguien que ha ocupado un lugar fundamental en mi año 2012. Alguien que ha hecho que este recorrido haya sido menos complicado. Alguien que me ha allanado el camino en la medida de lo posible. Alguien que me ha acompañado en todos y cada unos de los tramos que he conseguido dejar atrás. Alguien que ha dedicado gran parte de su año a convertir mis días horribles en días menos complicados. Alguien que hace unos meses se empezó a pintar las uñas de los pies. Alguien que me abría las ventanas cuando el ambiente estaba demasiado cargado y me costaba respirar. Alguien que siempre se ha mantenido lo suficientemente cerca para disfrutar de todos y cada uno de mis progresos y lo suficientemente lejos para que yo no me sintiera observada. Alguien que siempre ha tenido a punto su arco y sus flechas bien afiladas por si era necesario utilizarlas. Alguien que vio como el día 4 de enero de este año le diagnosticaban cáncer de mama a su hermana pequeña. Hoy tengo el enorme placer de poder compartir con todos vosotros la mirada de Hermi, mi hermana (la tata, vamos)

Cuando inauguré la sección “aportando miradas”  quería que fuera un espacio donde mi gente se pudiera expresar libremente, ofrecerles la posibilidad de gritar de la manera que considerara más oportuna o del modo que se sintieran más cómodos. Des del principio tenía claro que quería contar con la participación de mi hermana, me apetecía que formara parte de bebiendo limonada. Ansiaba poder compartir con todos vosotros su peculiar manera de mirar. Lo que no podía imaginar es que de nuevo volviera a sorprenderme. Es curioso como a veces justo las personas que creemos que conocemos mejor son las que más nos asombran y mi hermana lo volvió a hacer.

Un día quedamos en vernos en casa de mi madre. Mi hermana me estaba esperando con un enorme paquete envuelto con papel craft, cuando me lo dio me dijo “Ten esto es para ti, es mi año 2012, te lo regalo”  Cuando lo abrí flipé. Esta es la mirada de Hermi, la mirada de mi hermana:




Mi hermana expresó como ha sido su año a través de un collage hecho a partir de grabados monotipos. ¡No me digáis que no es original!  Me encantó la metáfora del collage, porque realmente este año se puede caracterizar por ser un verdadero collage de emociones. Un collage en el que han tenido cabida un montón de sensaciones que se iban ensamblando las unas junto a las otras hasta formar un todo unificado. Un collage de sentimientos, de experiencias, de momentos. Un collage a través del cual mi hermana ha podido transmitir los diversos estados emocionales que ha experimentado este año. Un collage que le ha permitido canalizar toda su rabia, su tristeza, su impotencia, su alegría, su emoción, su ira, su furia. Un collage que transmite fuerza, intensidad, porque no me negaréis que no está siendo un año intenso éste, ¿no?

Que alguien te regale un año de su vida es un gesto realmente hermoso, es uno de esos momentos en los que volví a morderme el labio inferior, uno de esos momentos en los que soy consciente de lo afortunada que soy, porque sinceramente tener cáncer es una putada pero tener una hermana que se encarga de poner color a tus días grises es formidable.

martes, 18 de septiembre de 2012

A ESCASOS METROS DE LA CIMA


Una mañana despiertas con el cuerpo completamente entumecido, abres los ojos y te das cuenta que tu confortable colchón de viscolástica en el que te acunas cada noche ha desaparecido, que tu edredón de plumas con el que te resguardas del frio ya no está y no hay ni rastro del despertador que cada día te anuncia el principio de un nuevo día. Te incorporas medio somnolienta y te das cuenta de que estás durmiendo en el suelo. Un suelo frio y húmedo en un lugar que desconoces. Te incorporas y observas ante ti una  enorme montaña. Una gigantesca montaña se levanta a tus pies.

Estás completamente desorientada, no entiendes absolutamente nada de lo que sucede a tu alrededor. Te sientes confusa y aturdida. De pronto te das cuenta que alguien ha entrado en tu casa, ha cogido “tu vida”, la ha metido en una enorme caja, la ha subido a lo alto de esa montaña y te ha dejado durmiendo a sus pies. No tienes ni idea de cómo, ni porqué, ni quién ha sido  y de pronto tienes miedo, mucho miedo y tienes una enorme necesidad de recuperar esa caja. En esa caja está tu vida, los recuerdos de tu cálida infancia y de tu ajetreada adolescencia, tu día a día y un futuro que poco a poco te vas construyendo y del que cada vez estás más orgullosa. En esa caja estáis tú y tu chico, tus princesas y tu familia. En esa caja están tus apuntes del postgrado que estás estudiando, tus desayunos de los lunes con tus compañeras del trabajo, tus sábados de chismorreos en la peluquería, tus noches sin pastillas para dormir. En esa caja están tus famosas albóndigas con sepia que tanto te gusta cocinar, tus cervecitas improvisadas de los viernes por la tarde, tus mañanas de domingo sin planes, tus ganas de jugar y acariciar al Yosu. En esa caja también están tus sujetadores nuevos de color berenjena (sí, el berenjena es un color), tus mascarillas del pelo efecto alisador, tus fotos del último viaje a Londres, tus tardes de palomitas disfrutando por enésima vez de Un lugar en el mundo. En esa caja están tus desafortunados intentos por ser puntual, el disfraz de pingüina que le hiciste a Lucietis en su primer carnaval,  las noches imaginando como serías dentro de unos años. En esa caja están tus fantasmas, tus inseguridades, tus tardes de verano tomando el sol, tus chistes malos, en definitiva … en esa enorme caja está “tu vida”.

Al principio no das crédito, tu cuerpo se paraliza, tus músculos no reaccionan, el pánico se apodera de ti y eres incapaz de moverte. Estás en estado de shock, buscas culpables, lloras, te desesperas por entender, por comprender, por saber, por encontrarle un sentido a lo que ha sucedido y  poder asimilar tu nuevo estado. Estás congelada en el presente y esa sensación es terrible y amarga.

Cuando tu cuerpo empieza a responder decides que has de ponerte manos a la obra, no te queda otra. Sin tener ni idea de montañismo, ni de senderismo, ni de alpinismo, y aunque nunca te han interesado demasiado los ismos, decides que es hora de dejarse de lamentaciones y empezar a caminar. Te calzas, te vistes y te preparas para empezar a subir esa enorme montaña. Empiezas a correr, a trepar, a saltar por matorrales porque quieres llegar a la cima de la montaña lo antes posible, quieres recuperar esa caja ya mismo, estás impaciente por volver a abrazarla. A los pocos metros estás exhausta, tienes el cuerpo dolorido y lleno de arañazos, las uñas destrozadas, el corazón te sale por la boca y la cabeza te va a estallar. Entonces te detienes para poder coger aire por la nariz y soltarlo por la boca, inspiras, expiras, inspiras, expiras, inspiras, expiras… y poco a poco vas bajando de pulsaciones y tu cuerpo va recuperando su ritmo habitual.

Al rato entiendes que  llegar a la cima de esa montaña no es una cuestión de velocidad sino de resistencia. Entiendes que para conseguir tu objetivo has de dosificar tus fuerzas, que debes hacerte amiga de esa montaña para que te muestre sus caminos y algún posible atajo, que has de detenerte a contemplar las vistas para conocer el tiempo que tendrás durante el recorrido, que has de trazarte rutas que se adapten a tus condiciones físicas, que has de intentar disfrutar de este trayecto y sobretodo que has de dejar de lamentarte de tu suerte. Y así de ese modo empiezas a echar a andar.

Durante el trayecto te encuentras con caminos áridos, estrechos senderos, barrancos demasiado empinados, precipicios realmente escabrosos y algún que otro despeñadero.  Durante el trayecto vives momentos en los que crees que no vas a ser capaz de seguir, tramos verdaderamente duros en los que estás a punto de tirar la toalla, parajes que te acercan al mismísimo infierno, recorridos en los que caes exhausta al suelo pero vuelves a levantarte y sigues caminando porque no concibes la posibilidad de renunciar a esa enorme caja.

Pero un día que te das cuenta que durante el trayecto también te vas encontrando tramos verdaderamente impresionantes, vistas muy hermosas y paisajes que jamás hubieras soñado poder disfrutar. Durante el trayecto te maravillas ante magníficas puestas de sol y disfrutas de los colores de los atardeceres. Descubres nuevos matices y nuevas tonalidades e incluso hay momentos en los que te olvidas de esa caja que ansiabas recuperar y simplemente empiezas a disfrutar de esta travesía.

Y llega un día que intuyes que el final está cerca, que ya quedan muy pocos metros para llegar a la cima, empiezas a vislumbrar tu caja, esa caja que contiene la vida que tenías antes de empezar esta travesía y entonces te detienes y te das cuenta de que tu cuerpo necesita descansar, de que tu cabeza necesita reposar y poder poner orden a todas aquellas cosas que te han ido sucediendo a lo largo de estos meses. Te das cuenta de que en  este tiempo hay cosas en ti que han cambiado, has incorporado nuevas maneras de mirar, has descubierto nuevas perspectivas, te has conocido mejor, admites que ya no eres la misma Yolanda que hace unos meses empezó a subir esa montaña.

Durante esta travesía has aprendido que hay cosas en esa caja con las que estás deseando reencontrarte. Del mismo modo tienes la certeza que hay alguna otra que ya no vas a necesitar jamás. Y justo ahora, a escasos metros de tu ansiado objetivo, necesitas detenerte para poder tomar distancia y descansar. Tu cuerpo está muy cascado y tu cabeza necesita poner orden. Y justo ahora, a escasos metros, te das cuenta que lo único que quieres hacer es cerrar los ojos y dormir.

Para la canción de hoy recupero a mis infatigables Serrat y Sabina uniéndome a ellos y esperando con todas mis fuerzas que se cumpla eso de "Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que NUNCA se ha de volver a pisar"






jueves, 30 de agosto de 2012

ESE DÍA NO LLORÉ


Ahora que vuelvo a subir las escaleras de cuatro en cuatro. Ahora que me he vuelto a calzar mis cuñas. Ahora que empiezo a acostumbrarme a mi nuevo corte de pelo a lo garçon. Ahora que me deleito cada mañana poniéndome rímel en mis pestañas. Ahora que puedo cargar con las bolsas de la compra sin tener que descansar cada diez metros. Ahora que el hormigueo de mis dedos ha desaparecido por completo.  Ahora que el teléfono ha dejado de sonar insistentemente. Ahora que he dejado de ser popular y vuelvo a disfrutar de mi tan ansiado anonimato. Ahora que me he dado cuenta que he de pedir hora urgentemente para depilarme. Ahora que el metal ha dejado de ser un sabor. Ahora que los dolores musculares son fruto de mis pinitos como runner. Ahora que empiezo a intuir mi gesto y mi sonrisa. Ahora que mi parte masculina ha abandonado mi cuerpo y vuelvo a ser capaz de hacer más de dos cosas a la vez. Ahora que me encuentro cada mañana con mi mirada reflejada en el espejo. Ahora que vuelvo a poder ir descalza sin miedo a que me bajen las defensas. Ahora que todo el mundo ha dejado de decirme que tengo que comer. Ahora que el cáncer no es el culpable de todo. Ahora que vuelvo a disfrutar del sonido de apretar a fondo el acelerador. Ahora que cambio a quinta sin miedo a quedarme tirada en la cuneta. Ahora que parece que en la próxima curva visualizaré la línea de meta. Ahora que me dejo la garganta gritando junto a Robe Iniesta  su “Jesucristo García” mientras me acompaña a mi sesión diaria de radioterapia. Ahora que el mes de enero queda tan lejos, justo ahora es cuando soy capaz de intentar poner palabras a lo que sucedió ese día.

El 4 de enero del 2012 tenía que haber sido un día más, un día que nos acercaba a la esperadísima cabalgata de sus majestades los reyes magos, un día que mi chico se había ido a trabajar después de haber disfrutado de unas estupendas vacaciones familiares en nuestro pequeño paraíso, un día para saborear junto a mis princesas en plena vorágine  navideña, un día que habíamos planeado ir a merendar chocolate deshecho con melindros, un día que me acercaba a mi pronta incorporación laboral después de disfrutar de unos meses de permiso maternal, un día que tenía que ir a recoger unas pruebas al hospital a las que no le dimos la suficiente importancia ya que decidí enfrentarme a ese momento junto a mis princesas.

El  4 de enero del 2012 entré, con Lucietis cogida de mi mano y con Pauletis en su carro, en la consulta de mi ginecólogo. Nos saludamos con un apretón de manos y deseándonos un feliz año. Me senté, Lucietis se sentó a mi lado, Pauletis se quejaba que quería salir del carro la cogí en brazos y la senté en mis rodillas. El médico consultó los resultados de las pruebas que me habían hecho unos días antes y me miró sin poder articular palabra. Justo en ese momento supe que algo no estaba bien. Justo en ese momento entendí el significado de la expresión “tierra trágame”.

La mañana del 4 de enero del 2012 no lloré, no grité mi rabia, no insulté al mundo, tan sólo me levanté de la silla, cogí a Lucietis de la mano, senté a Pauletis en su carro y acordamos que volvería a primera hora del día siguiente acompañada de mi chico. Ese día no lloré. No delante de ellas.

El 4 de enero del 2012 desperté teniendo un chico que me cogía fuerte de la mano, unas princesas que me pintaban los días de colores, una familia que me adoraba, un trabajo que me estaba esperando con los brazos abiertos, unos amigos con los que compartía largas y amenas sobremesas. Desperté teniendo una vida que me hacía feliz y me fui a dormir teniendo cáncer de mama.

El día 4 de enero del 2012 fuimos a merendar chocolate deshecho con melindros, mi chico me cogía fuerte de la mano, mis princesas reían felices y justo en ese momento me sentí tremendamente afortunada de tenerlos cerca.

Y hoy cierro con “Jesucristo García” gritando a pleno pulmón “concreté la fecha de mi muerte con Satán. Le engañé y ahora no hay quien me pare, ya los pies”. Os dejo con la banda sonora de mis días de radioterapia.


martes, 14 de agosto de 2012

LOS START OVER


A veces tengo la sensación de que esto no me está ocurriendo, que esto no está pasando. A veces parece que yo no formo parte de esta obra como si lo que está sucediendo a mi alrededor no fuera conmigo. A veces sueño que me están gastando una broma (un pelín pesada, eso sí) y que en algún momento se abrirán las luces y una voz gritará “¡¡corten, esta es la buena!!” y la sala se llenará de luz y de aplausos mientras el público vocifera ¡inocente, inocente!.  A veces imagino que estoy soñando y que en cualquier momento sonará el despertador y volverá a ser 3 de enero, volverá a ser mi 37 cumpleaños y yo no tendré que ir a recoger ninguna prueba al hospital porque jamás noté ningún bulto en mi teta. A veces tengo la impresión que este capítulo de mi vida se me está haciendo demasiado largo. A veces quiero ir más rápido que el tiempo. A veces echo de menos mi yo anterior, un yo que en ningún momento se planteó vivir este revés. Un yo que se bebía la vida a grandes sorbos. Un yo que no concebía la posibilidad que las cosas fueran a cambiar. Un yo inconsciente que pensaba que tenía el control de su vida. Un yo que empezaba a gustarse cada vez más. Un yo que era bastante feliz con su vida.

A veces me entristece pensar que ese yo ya no existe. A veces tengo curiosidad por saber cuál será mi nuevo yo. A veces tengo miedo de que no me guste mi nuevo yo. A veces tengo ganas de volver a la vida que tenía antes de saber que tenía cáncer. A veces tengo miedo de no recuperar esas parcelas de mi yo anterior que tanto me gustaban. A veces me entristece sentirme tan pequeña. A veces pienso que la vida me ha hecho una gran putada. A veces creo que la vida me ha brindado una gran oportunidad. A veces opino que tener cáncer es fruto de la casualidad, una cuestión de probabilidades, soy esa una de cada nueve mujeres que tienen cáncer de mama. A veces tengo la sensación que mi cáncer es la causa que necesitaba para dar un nuevo rumbo a mi vida.

A veces me fascina la posibilidad de volver a empezar, el start over que dicen los ingleses. Volver a empezar es la oportunidad de diseñarme de nuevo. Diseñar un nuevo yo, una versión mejorada de mí misma.  Hay algo en los start over que me atrae enormemente, los encuentro muy seductores. Desde mi punto de vista start over es una ocasión para hacer una buena selección de las personas que quiero mantener en mi vida, una oportunidad para elegir qué cosas quiero conservar, un momento para detenerme a reflexionar cómo quiero seguir viviendo, un punto de inflexión para poder hacer balance y tomar consciencia de qué me sobra y qué me falta para ser más feliz, para potenciar aquello que me hace bien y eliminar por completo lo que me hace mal.

Hasta la fecha en mi vida he tenido un par de start over y a día de hoy no cambiaría ninguno de ellos, ¿por qué iba a cambiar éste?

Y vuelvo a confiar en mis burnings del alma porque a veces me sigo preguntando que hace una chica como yo en un lugar como este



viernes, 3 de agosto de 2012

HOY ME APETECE HABLAROS DE ELLOS


Tengo un chico al que adoro, tengo dos princesas que me tienen el corazón robado, tengo un perro que es un santo, tengo una madre que es un ejemplo de fortaleza, tengo el DVD de mi película preferida, tengo libros para dar y vender, tengo una furgoneta con la que descubro nuevos paisajes, tengo buenas amigas (no tengo demasiadas sino las justas), tengo un montón de proyectos por realizar, tengo cantidad de metas conseguidas, tengo que aumentar mi autoestima, tengo millones de fotos de sonrisas, tengo muebles restaurados por todos los rincones de mi casa, tengo un poco de mala leche (no tengo demasiada sino la justa), tengo muchas ganas de aprender cosas nuevas, tengo debilidad por el chocolate negro, tengo millones de recetas de pasteles, tengo un montón de pañuelos apuntito de jubilarse, tengo la esperanza de que haya dos sin tres, tengo la certeza que vamos por buen camino, tengo que practicar el no, tengo velas de colores, tengo que mejorar mi comunicación emocional, tengo que aprender a morderme la lengua más a menudo, tengo una hada madrina que me coge fuerte y me fríe almendras, tengo un montón de tupers esperando ser devueltos a sus dueños. También tengo dos hermanos de los que hoy voy a hablaros.

Hoy me apetece hablar de mis hermanos. Tengo una hermana y un hermano. Cuando yo nací mi hermana estaba a punto de cumplir 14 años y mi hermano tenía 12. No hace falta que os detalle que al parecer mi madre necesitó unas cuantas semanas para asimilar que a sus 42 años y con un par de hijos adolescentes iba a volver a experimentar las delicias de la maternidad. Vamos, que mi llegada al mundo no podemos decir que fuera algo planeado, más bien podemos afirmar que fui algo inesperado, un pequeño imprevisto. No me avergüenza reconocer que no fui una hija buscada porque eso no quiere decir que no haya sido una hija muy querida, una nieta muy mimada y una hermana muy consentida.

En casa de mi madre, a pesar de haber cumplido mis flamantes 37 años, yo soy la nena, y mis hermanos son la tata y el tete. No sé si seré capaz de describiros la cara que puso mi chico la primera vez que me oyó despedirme de mi madre después de una larga conversación telefónica. “Mama, que tal?(hablamos un rato y antes de colgar) ¿y qué sabes de la tata? (me lo explica) ¿has hablado con el tete? (me lo cuenta) vale, te llamo mañana". Yo creo que mi chico no daba crédito, los adjetivos que más se aproximan a su estado serían ojiplático, patidifuso, sorprendido y flipado. 

Los terapeutas sistémicos afirman que los hermanos que nacen con una diferencia de edad de más de 6 años se consideran hijos únicos porque no comparten experiencias vitales con sus hermanos. Es posible que tengan razón. Mi infancia y la de mis hermanos no tienen nada que ver, eso es evidente. Mis hermanos vivieron la emigración de mis padres a Suiza (Un franco, 14 pesetas,  película que me acerca a esa experiencia), disfrutaron de mis abuelos maternos durante muchos años y vivieron una realidad muy distinta a la mía.

Nunca me he caracterizado por gozar de una gran memoria y tras el tratamiento de quimioterapia ya ni te cuento, pero estos días he estado repasando algunos de los recuerdos que tengo de mis hermanos y algunas de las percepciones que tengo sobre ellos. Este es el resultado:

Mi hermana estaba loquita por Bertin Osborne, creo que incluso llegó a ir a algún concierto (eran otros tiempos). Mi hermano tenía mogollón de canicas. La mejor amiga de mi hermana se llamaba MariClaire (bueno aun se llama) tenía el pelo rizado y la nariz puntiaguda, cuando mi hermana la invitaba a nuestra casa yo le hacía la vida imposible (las nenas durante nuestra infancia acostumbramos a ser un poco repelentillas, no vamos a negarlo). El mejor amigo de mi hermano era el Moliner, era alto y delgado. Mi hermano me subía las escaleras de casa subida en su hombro mientras gritaba “tengo un saco de patatas”. Con mi hermana jugaba a inventarnos canciones, cada una cantaba una estrofa inventada y aunque yo me lo curraba mogollón a ella siempre le salía una estrofa mejor que la mía. Mi hermano a sus 17 años me bajaba al parque para darme el yogur. Mi hermana cuando me llevaba al cole  para que me diera prisa me decía que su jefe la esperaba con un látigo en la puerta por si llegaba tarde (yo todavía no he utilizado esta estrategia con mis princesas pero no lo descarto). Mi hermano hizo la mili en Cartagena y un fin de semana de permiso me vino a buscar al cole vestido con el traje verde. Según fuentes fidedignas mi hermana era muy buena estudiante. Mi hermano sólo aprobaba gimnasia y religión (eran otros tiempos). Mi hermana dormía en la litera de arriba, yo en la de abajo y la despertaba varias veces durante la noche para pedirle un vaso de agua o un vaso de leche. Mi hermano se quedó blanco el día que me dieron un golpe en el columpio y me salió sangre. Parece ser que cuando me llevó a casa tuvieron que atenderlo primero a él porque estaba en estado de shock. Mi hermana nació en Barcelona.  Mi hermano nació en Suiza. A mi hermana le pirra el cava. Mi hermano disfruta saboreando un buen vino. Mi hermana no se pinta las uñas de los pies. Mi hermano colecciona las películas de Walt Disney. Mi hermana tiene los ojos marrones. Mi hermano tiene los ojos verdes. A mi hermana le encantan los pies de cerdo. Mi hermano se vuelve majareta con el arroz con garbanzos de mi madre. Mi hermana tiene un lunar con forma de bellota en la parte trasera del muslo (espero que no sea fruto de un antojo de mi madre). Mi hermano me regaló el perfume de Chanel número 5 cuando cumplí 18 años. Mi hermana parece sensata. Mi hermano se sigue poniendo nervioso la víspera de Reyes Magos esperando su ansiado fuerte de Comansi. Parece ser que mi hermana es más Ferrer que Polo. Mi hermano es claramente más Polo que Ferrer.

Mi hermana es imprescindible en mi vida. Mi hermano es vital para mí y aunque los sistémicos pueden tener parte de razón yo me niego a sentirme hija única.

Tengo la certeza que mi hermana siempre dormirá en la litera de arriba por si necesito un vaso de leche templada en mitad de la noche. Tengo la seguridad que, si se lo pido, mi hermano me subiría las escaleras encima de su hombro mientras grita “tengo un saco de patatas”

Aquí os presento a la tata y el tete:





Y cerramos con Bertín dando las buenas noches (definitivamente eran otros tiempos):


domingo, 15 de julio de 2012

PARA QUERERME MEJOR


Para mí el físico es importante, llamadme superficial, pero es así. Me gusta cuidar mi imagen, controlar mi peso y hasta hace poco no pasaba un mes sin hacerme las mechas. No me malinterpretéis tampoco es que esté obsesionada con el tema pero he de reconocer que en mi vida he dejado de comerme unos cuantos cruasanes de chocolate sólo de pensar en las calorías que me aportarían, me he acostumbrado a pedir ensaladas en lugar de pizza, invierto parte de mi presupuesto en cremas, he estado apuntada en diversos gimnasios, hasta he llegado a practicar deporte con cierta regularidad y me pirra incorporar nuevas adquisiciones a mi vestuario.

Cuidar mi imagen me aporta seguridad, cuando lo que veo en el espejo me gusta mi paso es más firme, estoy de mejor humor y me hace sentir bien.

Cuando te enfrentas a un diagnóstico de cáncer tienes que asumir que va acompañado de un importante deterioro físico. La pérdida del cabello y la hinchazón que acompaña a la cortisona provocan un cambio de imagen notable y evidentemente a peor.

Preocuparse por la pérdida del cabello o por ganar volumen puede parecer una banalidad cuando estamos hablando de una enfermedad que puede llegar a ser mortal, pero es que sinceramente yo nunca he pensado que fuera a morirme. Yo lo que pensé cuando supe que tenía cáncer fue que vaya putada tener que hacer pasar por ese trago a los míos, qué rabia tener que aparcar mi vida durante unos meses, qué fuerte que me esté pasando esto a mí, qué faena tener que quedarme calva... Pero jamás se me pasó por la cabeza que podía morirme. También es verdad que el resultado de todas las pruebas que me he ido haciendo así lo indican y sinceramente eso ayuda bastante.

Hasta donde me alcanza la memoria he estado unida a mi larga y rubia melena, está en todas las fotos que he dejado de mirar y era un símbolo de identidad del que me sentía profundamente orgullosa. Mi melena forma parte de todos mis recuerdos, hemos convivido juntas muchísimos años, yo la cuidaba con cariño y ella me aportaba seguridad. Me gustaba el resultado de vernos a las dos juntas. Nos lo pasábamos genial, en verano me encantaba hacerme moños, rizármelo para ir de boda, planchármelo para los bautizos. La verdad es que daba mucho de sí.

Separarme de mi melena fue una pérdida importante que asumí con resignación y como cualquier separación me llevó un tiempo digerirla. ¿Acepto mi nueva imagen?, pues la verdad aún estoy en ello, porque una cosa es asumir y otra diferente es aceptar. Yo asumí la pérdida porque era una obviedad, estaba calva, pero aceptarla, yo no sé si la he aceptado, en cambio sí que puedo afirmar que yo jamás me hubiera cortado mi melena. ¿Qué entendemos por aceptar? Si aceptar es asumir la realidad como tal y poder seguir adelante con una sonrisa, pues aceptamos pulpo como animal de compañía.

Y en medio de todo este proceso de aceptación un día me di cuenta de que estaba aprendiendo a verme de otro modo. A medida de que mi imagen física se iba deteriorando yo fui aprendiendo a mirarme de una manera diferente. Cuando dejé de mirarme por fuera empecé a observarme por dentro y descubrí un montón de cosas que anteriormente había pasado por alto. Ahora me conozco mejor a mí misma, sé cuáles son mis fortalezas y cuales mis debilidades, identifico qué partes de mí son mejorables del mismo modo que sé reconocer dónde está mi potencial. Ahora sé lo que me gusta y lo que me desagrada, hacia dónde quiero ir y a dónde no quiero llegar jamás. Ahora ya sé lo que quiero ser de mayor.
En estos meses he incorporado nuevas maneras de mirarme: en las manos de mi chico, en las carcajadas de Lucietis, en la sonrisa de Pauletis, en el abrazo de mis colegas y una de mis preferidas, en la mirada de orgullo de mi madre. Lo mejor de todo es que esta nueva manera de gustarme la he instalado en mí y difícilmente me voy a desprender de ella. Me va a acompañar por siempre jamás.

Y si todo este festival ha servido para quererme mejor pues sinceramente ha valido la pena, porque como dice mi chico cuando de vez en cuando me impaciento por dejar de ser estar calva o porque mi pelo tarda en crecer, aparece él como hace siempre y me tiende una mano soltándome otra de sus frases lapidarias “pues a ti te volverá a salir pero a mí ya no” y claro ante tal evidencia no puedo menos que reconocer que como casi siempre, tiene razón. 


Y hoy me he acordado de mis queridos Burning y de sus recuerdos del pelo largo, aquí os dejo un ratito con Pepe Risi, otro de mis referentes



domingo, 8 de julio de 2012

ESTA NO ES MI PRIMERA VEZ


Esta no es mi primera experiencia con el cáncer, hace unos años me tocó vivirlo de un modo distinto, me tocó sentirlo como hija de.

Mi padre murió de cáncer, pero el suyo no era de mama, creo que al final era de pulmón, y digo creo porque su cáncer fue bastante más cabrón que el mío. Parece ser que cuando se lo diagnosticaron estaba bastante extendido y después de muchas idas y venidas, de un sinfín de pruebas y de un montón de días de incertidumbre decidieron que la cosa empezó por el pulmón, aunque podrían haber elegido cualquier otro órgano porque creo recordar que se los manosearon todos.

Con el cáncer de mi padre pasamos un verdadero calvario, fueron un par de años  marcados por largos periodos de no saber por dónde empezar, por un montón de pruebas bastante dolorosas, por un tratamiento que lo dejó prácticamente KO, de ingresos en el hospital día sí y día también, de semanas enteras en los boxes de urgencias esperando que alguna cama de planta quedara libre, de llamadas a altas horas de la noche para informarme que ingresaban al papa, de salir corriendo del trabajo en más de una ocasión. En definitiva, un par de años viviendo con el corazón en un puño y dando saltos cada vez que sonaba el teléfono.

Mi padre eligió vivir su enfermedad desde la ignorancia, escogió la opción de no saber. A día de hoy todavía tengo dudas de si mi padre sabía que se estaba muriendo pero fingía no saberlo o si realmente no lo supo jamás. Yo prefiero pensar que no se enteró de que lo suyo ya no tenía tratamiento posible porque a veces vivir en la ignorancia nos permite ser un poco más felices.

Recuerdo una anécdota que me sigue poniendo los pelos de punta (es un decir, ya me entendéis): un día en casa de mis padres, mi hermana le decía a mi padre que por qué no iba a alguna excursión con mi madre (sí, lo he de reconocer, a mi madre le encantaba ir a esas excursiones que organizan para jubilados donde los recogen escalonadamente, los llevan a algún pueblo de la costa, los sueltan en un buffet libre, les dan una charla y los devuelven a sus casas con un jamón debajo del brazo o con una garrafa de aceite. Mi padre en cambio las detestaba, no iba jamás) y él contestó que quizás cuando pasara el verano. Esta conversación ocurría en el mes de marzo, apenas unos días antes los médicos nos habían comunicado que el tema pintaba mal, pero mal de verdad y le daban más o menos un mes de vida. Mi padre murió en el mes de abril, este abril hizo nueve años.

Cuando vives el cáncer des de la barrera, cuando el que está en la plaza toreando es alguien a quien quieres te asaltan muchas dudas sobre si estarás actuando correctamente, si estarás dándole lo que necesita. Hoy, nueve años después y habiendo vivido la experiencia del cáncer en primera persona, me doy cuenta de que en realidad es muy sencillo, las personas con cáncer o sin cáncer lo que necesitamos a nuestro alrededor son personas que nos hagan la vida más fácil, personas que nos cojan fuerte de la mano cuando las cosas se ponen feas, personas que respeten nuestros momentos de silencio, personas que de vez en cuando nos recuerden lo guapas que estamos, personas que no nos hagan sentir que somos de otro planeta. Porque como dice mi oncólogo cuando empiezo a bombardearlo con toda una retahíla de preguntas sobre lo que puedo o no puedo hacer, él siempre me responde lo mismo, “Yolanda eres una persona normal”. Yo continúo teniendo mis dudas.

Bueno, pues hoy cierro con Extremoduro porque yo también decidí aprender a hacerme la maleta para poder vivir, esa es mi opción.