Es curioso pero justo en el momento en que se abren
todas las luces, el púbico empieza a aplaudir y los focos dejan de deslumbrarme
es cuando más perdida me siento. Justo
en este momento en el que debería estar saboreando las mieles del éxito es cuando
más desorientada estoy. Y es que, sinceramente, pensaba que iba a ser más
fácil.
Ahora que parece que todo ha terminado, que la meta
cada vez está más cerca y que se supone que ya puedo volver a casa es cuando
aparecen todos mis miedos. Miedo a no recuperar mi mirada. Miedo a no saber hacer
lo que antes hacía. Miedo a no recordar la receta de mis famosas albóndigas con
sepia. Miedo a sentirme pequeña. Miedo a haberme apartado demasiado del camino
y sentirme perdida. Miedo a no reconocerme. Miedo a no reconocer a mi chico. Miedo
a no aceptarme. Miedo a no poder. Miedo a no saber volver a sintonizarme. Miedo
a no ser capaz de cerrar este capítulo. Miedo a no encontrar el camino de
vuelta. Miedo a seguir. En definitiva, miedo a retomar el control de mi vida. Y
es que durante estos meses ha sido muy fácil dejarse llevar.
Hasta ahora ha sido sencillo. Todos y cada uno de los
pasos que he seguido en estos meses
estaban programados a conciencia. Si necesitaba saber en qué punto estaba, me
dirigía a la cocina, me ponía delante del calendario que compramos a principios
de año y buscaba en que mes estábamos.
Si era enero sabía que allí en rojo estaba marcado el
día en que se me paró el mundo y el de la tumorectomía. En febrero anoté mi
primera sesión de quimioterapia. En marzo, abril, mayo y junio apunté las once
siguientes. El mes de julio era el que posiblemente nos podríamos ir de
vacaciones, y así fue. En agosto estaba preparada para empezar mis sesiones de
radioterapia que se alargarían hasta mediados de octubre. Finales de octubre
analítica y principios de noviembre visita con el oncólogo y resultados. Y de
pronto dejan de haber fechas marcadas. Fin, se acabó.
Y entonces, de un día para otro, cambia por completo
el escenario. Todos esos médicos desaparecen, ya no hay pruebas programadas en
el calendario de la cocina y se terminan esas constantes idas y venidas del
hospital.
Y es entonces cuando empiezas a ser consciente de que
estás entrando en la recta final, que la cima está muy cerca y que esta parte
del trayecto la tienes que hacer sola. Al principio te asustas, te sientes
desorientada. Pero vuelves a tomar aire, te detienes a reflexionar y te das
cuenta de que debe ser así.
Estos últimos metros que te separan de la cima debes
caminarlos en solitario, son tuyos. En estos últimos metros debes pensar en
esas cajas que estás a punto de recuperar, en qué cosas ya no vas a necesitar y
cuales estás deseando acariciar. También debes seleccionar aquellas cosas que
has adquirido en este viaje y quieres mantener en tu vida a partir de ahora,
del mismo modo debes empezar a despedirte de muchas otras que ya no vas a poder
mantener, el día a día y la vuelta a la normalidad se las acabará llevando y es
mejor así.
Y de pronto te das cuenta que se está acercando la
hora de volver a casa y lentamente y en silencio empiezas a hacer las maletas
mientras una sonrisa se dibuja en tu rostro. Sabes que ya estás preparada para
recorrer esos escasos metros que te separan de la cima y los empiezas a andar.
Y es justo en ese momento cuando empiezas a ser consciente que has dejado de
tener miedo.
