lunes, 31 de diciembre de 2012

NUESTRA VELETA NI SE INMUTÓ


Hay años que duran siglos. Años que pasan volando. Años intensos. Años mágicos. Años que pasan con más penas que glorias. Años que simplemente pasan.  Años que marcan un punto de inflexión en tu vida. Años que recuerdas sonriendo. Años que prefieres no recordar.

Hay años que siempre tendrán un lugar preferente en tu memoria. Años que es posible que no recuerdes jamás. Años que deberían haber sido la hostia  y no lo fueron tanto. Años de los que no esperabas gran cosa y cambiaron por completo tu historia. Años que simplemente nos ayudan a poner en orden cronológico nuestra vida y otros que nos la ponen patas arriba.

Y está el 2012, un año en el que como diría el gran Robe Iniesta “una racha de viento nos visitó pero nuestra veleta ni se inmutó”.

¡Feliz año nuevo!

lunes, 10 de diciembre de 2012

LA MIRADA DE MERI


Cuando hace unos meses me armé de valor y me puse en contacto con ella via e-mail para proponerle si quería aportar su mirada a mi blog, recuerdo que justo en el momento que le di a la tecla enviar contuve la respiración.

Cuando unos días más tarde recibí su respuesta me alegré de haberlo hecho. Ella me contestaba que le parecía buena idea, únicamente me pedía tiempo. Necesitaba tiempo para recuperar datos, ordenar recuerdos y hacer memoria de como habían sido aquellos maravillosos años que compartimos juntas. Evidentemente le di todo el tiempo del mundo. Si hacía más de veinte años que no sabíamos nada la una de la otra era lógico que hiciera falta un poco de tiempo para poder recomponer esos recuerdos.

Cuando hace unos días recibí su texto me emocioné. Me enternecí recordando momentos, lugares, olores y texturas que hacía demasiado tiempo que no recordaba. A medida que iba avanzando en la lectura de su relato me fui teletransportando treinta años atrás. En aquellos años en los que los crusanes curaban las penas y los únicos problemas a los que debíamos enfrentarnos eran aquellos de esos malditos trenes que salían a no sé que hora y a que velocidad y tenían que cruzarse en no sé que momento. Porque así debe ser la infancia de cualquier niño, una etapa llena de colores, sonrisas y de crusanes de chocolate.

Cuando pienso en esos años me doy cuenta de que en todos y cada uno de mis recuerdos  aparece ella. A su lado caminé muchos años y estoy plenamente convencida de que si al recordar mi infancia asoma una sonrisa en mis labios es por los momentos que compartimos juntas.

Os dejo con la mirada de Meri, una mirada que me ha recordado que para saber a donde voy nunca he de olvidar de donde vengo.

“Existe un pequeño y acogedor colegio en un familiar barrio de Barcelona. En la clase de párvulos las niñas visten bata de color rosa y llevan coletas con lacitos. Allí, en una de esas clases hace más de 30 años conocí a Yolanda.

Recuerdo a Yolanda como una niña despierta y sonriente que disfrutaba con todo lo que la rodeaba: leyendo por primera vez Mi mamá me mima, descubriendo que la suma de dos más dos son cuatro, manipulando pinturas y plastilinas, manchándose las manos con acularelas y pintando con plastidecors.

Los primeros años Yolanda y yo éramos simples compañeras, que compartíamos clase, risas y alguna que otra travesura. Fue unos años más tarde cuando una profesora decidió de forma totalmente aleatoria que Yolanda y yo compartiéramos pupitre en la última fila. Fue, ahí, resguardadas de su mirada, entre dictado y problema cuando pudimos dar rienda suelta al pico, congeniando de tal manera que así de un día para otro nos convertimos en intimisísimas amigas.

Yolanda y yo éramos muy buenas nenas: responsables, trabajadoras, tranquilas, educadas, obedientes casi siempre y un rato empollonas también. Todos los días hacíamos los deberes, estudiábamos la lección que tocaba y sacábamos unas notas excelentes. Un orgullo para cualquier padre. Posiblemente y visto desde la distancia, quizás éramos un pelín marisabidillas pero eso no nos impedía caer bien al resto de la clase, estábamos al día de todo lo que se cocía a nuestro alrededor y de todos y cada uno de los cotilleos, del mismo modo que estábamos metidas en todos los fregaos.

De aquellos años recuerdo como nos encantaba decorar el colegio por navidad, llenando las ventanas de vidrieras. Preparar el baile para el festival de final de curso. El patinaje sobre hielo de los viernes al mediodía. Las excursiones y evidentemente las fiestas de cumpleaños.

No recuerdo el motivo, pero un buen día nos entró el gusanillo del deporte y nos apuntamos a baloncesto. Éramos tantas las que sentimos la llamada al olimpo que hubo que formar dos equipos: el A y el B. Curiosamente y a pesar de haber formado los equipos de una forma totalmente arbitraria en el equipo A jugaban todas aquellas niñas a las que se les daba fenomenal ese deporte. En el equipo B estábamos el resto. Yolanda y yo formábamos parte del equipo B. Sin exagerar, os puedo asegurar que no ganamos ni un solo partido pero del mismo modo os puedo confirmar que no nos afectaba en absoluto. Aprendimos que no se puede brillar en todo y nos contentábamos disfrutando de la merienda, las charlas en el vestuario, las visitas a otros colegios y las idas y venidas en autocar.

Pasaron los años y dejamos de ser niñas para convertirnos en adolescentes, el repentino interés por los chicos y los granos eran buena prueba de ello.

E.G.B terminó, Yolanda y yo nos fuimos del colegio para cursar B.U.P en otro centro y llegados a este punto nuestros caminos se separaron. Yolanda fue a un instituto y yo fui a otro.Así, de golpe, fue una ruptura limpia, sin traumas, sin resquemor.

Me gusta pensar que todavía somos aquellas niñas sonrientes con coletas, ansiosas por aprender y disfrutar de la vida.

Me ha encantado recordar esos felices años en los que fuiste mi mejor amiga. Que afortunada fui entonces y cuánto me alegra comprobar que esa niña con coletas se ha convertido en una persona estupenda, fuerte, luchadora y ha conseguido formar una familia maravillosa. Gracias Yolanda”


Gracias a ti Meri, por acompañarme en este viaje, por formar parte de esta historia y sobretodo por recordarme lo bien que me quedaban las coletas.


domingo, 2 de diciembre de 2012

DE VUELTA A CASA


Es curioso pero justo en el momento en que se abren todas las luces, el púbico empieza a aplaudir y los focos dejan de deslumbrarme es cuando más perdida me siento.  Justo en este momento en el que debería estar saboreando las mieles del éxito es cuando más desorientada estoy. Y es que, sinceramente, pensaba que iba a ser más fácil.

Ahora que parece que todo ha terminado, que la meta cada vez está más cerca y que se supone que ya puedo volver a casa es cuando aparecen todos mis miedos. Miedo a no recuperar mi mirada. Miedo a no saber hacer lo que antes hacía. Miedo a no recordar la receta de mis famosas albóndigas con sepia. Miedo a sentirme pequeña. Miedo a haberme apartado demasiado del camino y sentirme perdida. Miedo a no reconocerme. Miedo a no reconocer a mi chico. Miedo a no aceptarme. Miedo a no poder. Miedo a no saber volver a sintonizarme. Miedo a no ser capaz de cerrar este capítulo. Miedo a no encontrar el camino de vuelta. Miedo a seguir. En definitiva, miedo a retomar el control de mi vida. Y es que durante estos meses ha sido muy fácil dejarse llevar.

Hasta ahora ha sido sencillo. Todos y cada uno de los pasos que he seguido  en estos meses estaban programados a conciencia. Si necesitaba saber en qué punto estaba, me dirigía a la cocina, me ponía delante del calendario que compramos a principios de año y buscaba en que mes estábamos.

Si era enero sabía que allí en rojo estaba marcado el día en que se me paró el mundo y el de la tumorectomía. En febrero anoté mi primera sesión de quimioterapia. En marzo, abril, mayo y junio apunté las once siguientes. El mes de julio era el que posiblemente nos podríamos ir de vacaciones, y así fue. En agosto estaba preparada para empezar mis sesiones de radioterapia que se alargarían hasta mediados de octubre. Finales de octubre analítica y principios de noviembre visita con el oncólogo y resultados. Y de pronto dejan de haber fechas marcadas. Fin, se acabó.

Y entonces, de un día para otro, cambia por completo el escenario. Todos esos médicos desaparecen, ya no hay pruebas programadas en el calendario de la cocina y se terminan esas constantes idas y venidas del hospital.

Y es entonces cuando empiezas a ser consciente de que estás entrando en la recta final, que la cima está muy cerca y que esta parte del trayecto la tienes que hacer sola. Al principio te asustas, te sientes desorientada. Pero vuelves a tomar aire, te detienes a reflexionar y te das cuenta de que debe ser así.

Estos últimos metros que te separan de la cima debes caminarlos en solitario, son tuyos. En estos últimos metros debes pensar en esas cajas que estás a punto de recuperar, en qué cosas ya no vas a necesitar y cuales estás deseando acariciar. También debes seleccionar aquellas cosas que has adquirido en este viaje y quieres mantener en tu vida a partir de ahora, del mismo modo debes empezar a despedirte de muchas otras que ya no vas a poder mantener, el día a día y la vuelta a la normalidad se las acabará llevando y es mejor así.

Y de pronto te das cuenta que se está acercando la hora de volver a casa y lentamente y en silencio empiezas a hacer las maletas mientras una sonrisa se dibuja en tu rostro. Sabes que ya estás preparada para recorrer esos escasos metros que te separan de la cima y los empiezas a andar. Y es justo en ese momento cuando empiezas a ser consciente que has dejado de tener miedo.


martes, 20 de noviembre de 2012

EL MUNDO SE VOLVIÓ A PARAR


El otro día se me volvió a parar el mundo. Fui a buscar a Lucia a la salida del cole como cada tarde, mientras merendaba me dijo que le dolía cerca de la oreja. Le miré, le toqué y noté un bulto.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral, las piernas me flaquearon mientras intentaba convencerme de que no sería nada. Llamé a mi chico para avisarle que nos íbamos a urgencias. Volé hasta el coche, la subí a su asiento y le puse el cinturón de seguridad. Yo me senté en el asiento del conductor y como en esos momentos no me podía ver, me permití el lujo de llorar en silencio, por supuesto. Lloraba mientras cantábamos la canción de la castañera que coge castañas de la montaña y las vende en la plaza de la ciudad. Yo cantaba mientras intentaba controlar mi respiración. Mi mente intentaba convencerme que sería una tontería mientras mi pie apretaba el acelerador.

Llegamos a urgencias, por suerte no había nadie esperando y nos atendieron al instante. Mientras desnudaba a Lucia en el box, me acordé de Lou. Pensé en ella y en su Sol. Pensé en Jose y en el pequeño Guzmán y también pensé en como la vida te puede cambiar en un segundo. Sin tener demasiada práctica también recé, no podía dejar ningún cabo suelto. Estando en el box intentaba con todas mis fuerzas desconectarme, pero era imposible. Mi cabeza iba a una velocidad de vértigo.

Vino el médico, me preguntó el motivo de la visita, le expliqué que le había notado un bulto cerca de la oreja y que me había asustado. Le expliqué que en este año yo había superado un cáncer de mama y que tenía el resorte de alarma demasiado sensible. Me tranquilizó que me dijera que era normal, me gusta que me digan que soy normal porque me ayuda a creérmelo.

Mientras el médico la reconocía me resultaba muy complicado controlar el ritmo de mi respiración. Cuando terminó el reconocimiento me dijo que estuviera tranquila que no era nada grave, que era una pequeña obstrucción de algún conducto por falta de salivación. Fue entonces cuando empecé a respirar con normalidad. 

Pautas a seguir: dalsy si le duele y comer montañas de chicle para ayudar a las glándulas salivales.  Evidentemente Lucia está encantada con este médico, dice que a partir de ahora quiere que la atienda siempre ese médico tan majo que le receta su jarabe preferido y comer chicles.

Yo lo pasé fatal, y aunque soy consciente que desde que le noté el bulto hasta saber que era una inflamación sin importancia pasó no más de cuarenta minutos. Os aseguro que fueron los minutos más angustiosos de mi vida.

Creo que nunca lo he comentado pero el día que me dieron mi diagnóstico de cáncer me acuerdo que pensé que era una putada pero que no era un drama. Un drama hubiera sido que eso le pasara a una de mis hijas, eso sí que hubiera sido un verdadero drama. Ese pensamiento me ha acompañado durante todos estos meses y me ha sido de gran utilidad.

Después del episodio que os acabo de relatar, he llegado a la conclusión que no puedo seguir así, necesito volver al mundo real, dónde el cáncer ya no existe, ya se ha ido y no volverá. El mundo en el que un bulto es una simple inflamación y en el que las ojeras únicamente son causadas por el cansancio típico de los viernes. No quiero que el cáncer se adueñe de mí, no puedo seguir dándole ese protagonismo que tanto le gusta. He de cerrar este capítulo, tengo de seguir.


jueves, 15 de noviembre de 2012

AYER FUI YO, HOY ES ESTHER


La semana pasada conocí a Esther. Esther es nueva, acaba de llegar a esto de tener cáncer. Resulta que tenemos una conocida en común que tuvo la brillante idea de ponernos en contacto. Nos llamamos, quedamos y nos tomamos un café.

Me impactó verla, Esther era yo hace exactamente once meses. Tenía la misma mirada que tuve yo esos primeros días de enero.

Esther está en esos días en los que se te paraliza el mundo y el estómago se te contrae. Esos días en los que el cáncer entra en tu vida dando un estrepitoso portazo que hace tambalear todos tus cimientos. Para mí, sin lugar a duda, esos fueron los momentos más traumáticos de todo este proceso.

Los días siguientes a saber que tienes cáncer se hacen interminables. Entre que tu cabeza no te da ni un segundo de descanso, la constante duda sobre cómo va a ser tu vida a partir de ahora, las innumerables pruebas médicas a las que debes someterte y la insoportable espera de los resultados, hace que esos días estén llenos de angustia.

Yo nunca he sido amante de dar consejos, ni tampoco de seguirlos, es más estoy totalmente convencida que para superar un cáncer no existe ni manual ni libro de instrucciones que indique que pasos debes seguir. En cambio, sí tengo la certeza que poder compartir un café con alguien que ha pasado por esos momentos antes que tú, alguien que te lleva cierta ventaja en esta experiencia, alguien que te ofrezca la posibilidad de ver más allá de lo evidente, alguien que te muestre otra perspectiva a esos días grises, reconforta.

Junto a Esther fui haciendo un recorrido de mis últimos once meses, recordé mis primeros días con cáncer, la operación, las primeras quimios, la caída del cabello, el primer día que salí a la calle con pañuelo, el mes que nos pudimos ir de vacaciones al pueblo, los días de radioterapia… En fin, dimos un paseo por mi año de una forma serena y sosegada, des de la tranquilidad que da el saber que el cáncer ya se fue, que ya no está.

Hablando con ella y reflexionando posteriormente me di cuenta que de todo lo acontecido en este año hubo un momento clave. Ese momento fue cuando me di cuenta de que yo no había decidido tener cáncer pero sí que estaba en mi mano decidir cómo iba a afrontarlo.

En ese momento fue cuando giré el foco, dejé de mirar hacia dentro y empecé a mirar hacia fuera. Cuando decidí transformar mi queja en acción. Cuando me animé a vivir esta experiencia des de lo positivo. Cuando fui consciente que yo iba a formar parte activa de mi recuperación. 

Este cambio de óptica me ha permitido exprimir esta experiencia al máximo, me ha obligado a desempolvar recursos personales que hacía años que no utilizaba, me ha permitido descubrir capacidades que desconocía que tenía, me ha ofrecido la posibilidad de enfrentarme al mundo desde otra perspectiva. En definitiva y como bien acierta a decir la canción “lo que no te mata te hace más fuerte”, pues eso, yo este año me comeré las uvas siendo un pelín más fuerte.

Me gustó conocer a Esther, tomarme un café con ella y acompañarla en estos días, porque estando con ella me di cuenta de que espero no olvidarme jamás que hubo un día en el que yo fui Esther. 




martes, 6 de noviembre de 2012

DESCONECTANDOME


A veces me desconecto, interrumpo de forma consciente la conexión entre mis pensamientos y mis actos, dejo mi mente en blanco y simplemente me muevo. Adquiero una versión robotizada de mi misma. Es un mecanismo de defensa que utilizo en esos periodos de tiempo que comprenden des de que me hacen una prueba hasta que recibo los ansiados resultados.

Y es que yo eso de esperar lo llevo bastante mal, y cuando el resultado que estoy esperando puede modificar por completo cómo me voy a despertar al día siguiente, pues entonces la espera se hace todavía más insoportable. Es para estos casos para los que aprendí a desconectarme.

Desconectándome evito instalarme en bucles que no me benefician y no me aportan nada positivo. Desconectándome intento que el tiempo de espera sea más llevadero y descarto la posibilidad de estar calentándome la cabeza ante la posibilidad de recibir resultados no deseados. Desconectándome ayudo a que los que están a mi alrededor no sufran mis constantes cambios de humor. Desconectándome gestiono mucho mejor mis emociones y mi latente estado de angustia. Desconectándome transformo en soportable lo desesperante. En definitiva, desconectándome es como evito no volverme loca ante una situación que me genera un alto nivel de ansiedad.

Pero el hecho de desconectarme no significa que no cumpla con mis obligaciones y responsabilidades. Es más, si no me conoces lo suficiente incluso no te darías cuenta que estoy desconectada. Estando desconectada puedo tener una conversación con la de la frutería,  poner lavadoras,  tender la ropa, acompañar a mi madre al médico, preparar la comida, sacar a pasear al Yosu, leer, washapear, mirar la televisión, hablar con mi hermana por teléfono, reenviar mensajes chorra para evitar que llegue el fin del mundo, salir de compras, atender y besar a mis princesas, abrazar a mi chico, es decir prácticamente puedo seguir moviéndome en mi cotidianidad. Sólo hay una cosa que no puedo hacer, cuando estoy desconectada soy incapaz de reír.

Una de las primeras veces que me desconecté fue estando embarazada de Lucía, hará unos cinco años. El día que  mi ginecólogo me informó que los resultados del triple screening salían alterados y me aconsejaba que me hiciera la amniocentesis para descartar o confirmar una posible malformación del feto. Yo dejé de respirar un jueves y no volví a hacerlo hasta un sábado por la tarde, durante ese tiempo cerré la puerta a cualquier estímulo externo y me quedé esperando a que pasaran los minutos y llegaran los resultados. No sabéis lo largos que se pueden llegar a hacer los días cuando necesitas respuestas.

Pues el pasado martes, tal y como hice cinco años atrás, me desconecté, cerré compuertas y dejé de respirar. Hoy, después de siete largos días, me reinicio, vuelvo a coger aire, porque hoy por fín puedo afirmar que sí, que el calvario mereció la pena, mientras recuerdo el momento en que mi oncólogo me ha confirmado “Yolanda, tú ya no tienes cáncer”. La analítica del pasado martes así lo demuestra.

Y mientras escribo esta entrada, las niñas duermen en sus camas, mi chico y yo nos abrimos unas cervezas para celebrarlo y yo me doy cuenta de que vuelvo a sonreír.

viernes, 26 de octubre de 2012

LA MIRADA DE MARUTA


Hace unos días viví una situación un tanto curiosa en la que entendí como hay veces en las que alguien que no te conoce de absolutamente nada puede tener la solución a tus quebraderos de cabeza.

Os cuento,  llevaba unos días con una sensación un tanto extraña, con más bajos que altos, había algo que me incomodaba y que no me permitía seguir avanzando, me sentía rara. Al principio no sabía exactamente que era lo que me pasaba pero, como en este tiempo he aprendido a escucharme, pronto me di cuenta de cuál era el origen de ese malestar.

El motivo de mi preocupación era que no acababa de asimilar mi nueva imagen, llevaba varios días mirándome al espejo y no me reconocía, no me gustaba lo que veía y estaba enfadada, muy enfadada. Mis amigos los sistémicos dirían que estaba mostrando una clara resistencia al cambio.

Ya hace un par de meses que me quité el pañuelo, mi pelo ha empezado a crecer y ahora por fin se puede decir que mi imagen no tiene nada que ver con el cáncer. Hace unos meses cuando todavía estaba calva y no tenía ni cejas ni pestañas, visualizaba el momento del destape y creía que sería un momento mágico, que me sentiría feliz, liberada. Por eso cuando llegó ese momento no entendía por qué narices no estaba dando saltos de alegría. Eso me irritaba. Supongo que las que, como yo, habéis pasado por una  situación parecida sabéis a lo que me refiero, porque realmente es una sensación muy difícil de describir.

Hasta hace unos pocos meses era rubia, con el pelo largo y liso y ahora soy morena con el pelo corto y rizado. Raro, ¿no? En todas las fotos que miro me acompaña mi melena. En los recuerdos que tengo de mi vida está, pero en cambio me miro al espejo y el reflejo me devuelve una imagen con la que no estoy familiarizada, alguien a quien apenas conozco. Os aseguro que es una sensación extraña, es como vivir en una especie de esquizofrenia entre el yo de antes, el yo de durante y el yo de ahora.

Como una se va haciendo mayor y cada vez me conozco mejor, sé que cuando me pasa eso es porque me he quedado congelada, quieta, porque no avanzo y entonces lo que he de hacer es moverme. Para mí, moverme significa activarme, movilizarme, es decir volver a planificar actividades que había tenido que aplazar y recuperar proyectos que quedaron aparcados aguardando el momento adecuado. Esta es la estrategia que yo utilizo para empezar a sentirme mejor. Hasta la fecha me ha funcionado, así que cuando empiezo a notar que mi ánimo tiende a bajar empiezo a ponerme en circulación.

En estos meses que he dispuesto de bastante tiempo libre he tenido la posibilidad de hacer grandes descubrimientos, algunos de ellos los he ido almacenando  para poder sacarlos cuando llegara una ocasión especial. Me encanta mantener ese almacén lleno, no entendería vivir de otro modo.

Y como llevaba días con ganas de sorprender a mi chico, con ganas de agradecerle lo mucho que me ha cuidado durante todo este tiempo, lo cerca que lo he sentido y  lo bien que lo ha hecho cogiéndome y soltándome de la mano en función de la música que nos tocaba bailar, decidí que debía ponerme manos a la obra, me fui a mi almacén y saqué a Maruta

A Maruta la descubrí hace unos meses, un día de esos que me dedico a perderme por internet. Siempre ocurre del mismo modo, empiezo visitando algunos de los blogs que sigo habitualmente y a partir de ahí me dejo llevar. Un blog me lleva a otro y éste al siguiente y así hasta encontrar verdaderos tesoros. De este modo y sin saber cómo entré en el mágico mundo de  Maruta y sus ilustraciones. En cuanto la encontré me enamoré de su obra, tuve que resistirme al impulso de tener alguna de sus láminas de forma inmediata pero preferí hacerle un sitio en el almacén y esperar a que llegara el momento adecuado, así que guardé su enlace en favoritos y esperé. Valió la pena esperar porque fue Maruta la que me descongeló.

Maruta pinta historias y lo hace de una forma muy bella. Me puse en contacto con ella porque quería que nos pintara, que nos hiciera una ilustración de los Díaz Ferrer. Para ello necesitaba fotos de los protagonistas y alguna actividad que nos gustara compartir. La actividad la tenía clara, los Díaz Ferrer tenemos la enorme fortuna de tener un trozo de paraíso. Un paraíso lleno de olivos, albaricoqueros, almendros y cerezos, un paraíso al que intentamos ir cada fin de semana, un paraíso que nos conecta con la naturaleza y donde podemos disfrutar del más profundo de los silencios. Des del principio tenía claro que quería que la ilustración simbolizara ese lugar tan nuestro y que la actividad estuviera relacionada con alguno de nuestros árboles frutales. Escogí el cerezo por su espectacular belleza y por algunos momentos mágicos que nos ha proporcionado a lo largo de estos años.

Así que le encargué a Maruta una ilustración de los Díaz Ferrer cogiendo  cerezas, como metáfora de que por fin había llegado la hora de coger el fruto a todo el trabajo que hemos hecho durante este año.

Le envié a Maruta las fotos acompañadas de una breve descripción de aquellos rasgos que nos identificaban y aquí fue cuando me bloqueé. Describir a mi chico, a mis princesas y a Yosu no me supuso ningún esfuerzo pero cuando llegó la hora de decirle como era yo no sabía por dónde empezar. Le comenté a Maruta que estaba hecha un verdadero lio, yo no quería que me dibujara con el pelo corto porque aunque es como lo llevo ahora no es como me gusta llevarlo, tampoco quería que me hiciera el melenón que tenía antes porque no quería mirar la lámina con nostalgia, y así estaba inmersa en una espiral de dudas que no me permitía avanzar.

Fue ella la que en un e-mail terminó con mis quebraderos de cabeza, me dijo    “ (…) en la ilustración tú llevarás tu pelo largo, porque tú eres tú con tu pelo largo y lo otro es circunstancial, así que dime como vas a llevar el pelo en un año o como quieres llevarlo…” Y así, con esta frase y su definición de corte de pelo circunstancial fue como Maruta consiguió descongelarme.  Fue realmente espectacular, con esta simple frase Maruta me desbloqueó y me dio la posibilidad de seguir andando en mi travesía particular.

Hoy quiero compartir con todos vosotros el mundo de Maruta y su maravillosa mirada:



El resultado es espectacular, plasma a la perfección la esencia de los Díaz Ferrer. Conocer a Maruta ha sido un privilegio y he decidido que me voy a quedar cerquita de ella durante bastante tiempo, porque ya lo dije en alguna entrada anterior, a partir de ahora en mi vida sólo quiero gente que me dé buen rollo y Maruta lo da, os lo aseguro.